Intento frustrado al pico de Pondiellos (2917 msnm) en el circo Panticosa.

Imagen extraída de la web Pirineos3000

Como comentamos en la anterior entrada, nuestra segunda subida en este viaje al Pirineo oscense era al circo de Panticosa, el cual tenía muchas ganas de conocer.

La idea inicial de subir al Garmo Negro por la vía normal, la cambiamos por otra más atrevida: hacer la Aguja de Pondiellos, otro tresmil que se suele dejar de lado y desde ahí hacer la pasada al Garmo.

Nos plantamos pues en el balneario de Panticosa, donde se encuentra el bonito refugio de La Casa de Piedra.

Y desde ahí subimos por el sendero, que ganando altura de manera muy rápida y cómoda, nos lleva hacia el Circo de Argualas.

La falta de nieve se hace notar, y eso a pesar de que decidimos meternos por el corredor que nos lleva a la canal final al collado de Pondiellos.

Nos pasará de la Mallata Baja a la Alta de forma más rápida y elegante que la vía normal, pero el corredor está seco seco y lo pasamos en mixto.

Una vez en la Mallata Alta, y tras un pequeño descanso (a mí me faltaban fuerzas, y del equipo inicial nos quedamos para el ascenso dos personas) seguimos hacia el collado de Pondiellos en una larga subida.

Una vez llegados al collado, nos topamos con la ventisca que se anunciaba para esa mañana. Además de cruzarnos con un par de montañeras (las que salen en la foto de arriba) y otro compa más que nos desaconsejan subir a la Aguja por las malas condiciones de la nieve.

Les hacemos caso enseguida pero decidimos ir al otro lado del collado para ascender el Pico de Pondiellos. Este apenas es ascendido debido a que es el único pico de la zona que no llega a los 3000 metros de altitud (siguiendo la cuerda llegaríamos al Arnales y a los impresionantes Picos del Infierno).

Lo que nos parecía iba a ser una breve ascensión se convierte en un paso por una cresta catalogada como PD, que con la nieve y la ventisca se complica bastante.

                         Por la cresta del Pico Pondiellos. La Aguja y el Garmo Negro al fondo.

Pico Pondiellos, Arnales y Picos del Infierno.

Tanto que nos encontramos una brecha a pocos metros de la cima que nos obliga a abandonar y bajar por la otra vertiente.

Y de ahí al collado de Pondiellos de nuevo, para esta vez bajar evitando el corredor, en un descenso muy muy rápido a Panticosa; en un día que se nos complicó pero al mismo tiempo nos deja un doble buen sabor de boca al crestear en unas condiciones difíciles y al mismo tiempo volver a casa con muy pocos rasguños.

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Collarada (2886 msnm) desde La Trapa por la canal Este.

El año pasado, debido al tiempo (meteorológico y a la falta de él) nos quedamos sin debutar en las invernales del Pirineo.

Este, adelantándonos algo a la temporada y con algo más de nieve en nuestra mente de la que en realidad hubo, nos acercamos a nuestra querida base de Jaca para tantear que tal.

Y el primer día fue este, inmejorable:

Nos acercamos a la pista que desde Vilanúa va hacia el refugio de la Espata.

Aparte del equipo de Madrid, vamos con un exiliado en la Jacetania y un gran compa de Canfranc, que serán nuestros guías de la zona.

Según salimos del coche es tirar por la pista, avanzando rápido, y aprovechando para conocer la geología de la zona, su fauna y flora (mucha oruga para la época del año en la que estamos, producto de que el pino negro sea plantado y no flora autóctona), la problemática de la despoblación también aquí…hasta llegar al refugio de La Trapa. Una vez en él, debemos seguir un sendero que sale detrás del mismo y que subirá de manera muy evidente hasta entrar en una zona acanalada y que está equipada con cadenas:

Tras pasarla, llegamos a otra zona de llano, donde apenas hay nieve a pesar de las fechas de diciembre en las que nos encontramos. Aún así, ya con la Collarada cerca, nos emocionamos ante su vista:

Nos vamos a acercar a los Llanos de los Campanales, donde haremos una parada algo larga para ponernos el material, comer algo y esperar a que la nieve de la canal Este (la clásica de subida, a 35º-40º, F+), esté en mejores condiciones.

Con los Campanales y el Bisaurín al fondo.

Comenzamos la pala de aproximación con una nieve escasa pero muy divertida de subir, tactando las condiciones de la nieve pirenaica, tan diferentes a lo que conocemos en Madrid.

Y comenzamos la canal, muy sencillita pero disfrutona:

Como tenemos un sol espectacular, imaginamos que la salida va a ser espléndida, como así es:

Donde hacemos cumbre, acompañados tan solo de un solitario montañero que ya estaba arriba. Genial que en esta zona, por su carencia de tresmiles, haya tan poca gente.

Desde el pic d’Anie, Midi d’Ossau, Balaitus, los tresmiles de la zona de Panticosa (hacia donde iremos en un par de días). Tremendo.

Un buen rato para iniciar la trepidante, y a tramos peligrosa, bajada por la cara oeste hacia el collado de Ip y vuelta a casa.

Para ello debemos de desviarnos justo antes de llegar al collado y terminar de bajar una larga pala que nos llevará a una zona conocida como “Los Palos” (básicamente porque estos sirven de hitos; tras ello bajaremos una faja caliza que se nos hace muy muy pesada pero que nos servirá para alcanzar la pista de comienzo de la actividad de hoy. Y a descansar!

 

 

 

 

Besiberri Sud (3024 msnm) y Pic d’Avellaners (2982 msnm) desde el valle del Besiberri.

 

Hace unos años, cuando estuve por primera vez en esta zona, teníamos dos intenciones: subir al Punta Alta de Comalesbienes en el que fue mi primer 3000. También haber hecho el Comaloforno y el Besiberri Sud, lo que nos quedó pendiente.

No habíamos podido volver hasta ahora; así que en esta crónica hablaremos de este segundo intento.

DÍA 1: Desde el refugio de Conangles hasta el del Besiberri.

Esta vez, en vez de hacerlo desde el PN de Aigüestortes, salimos dirección Vielha para subir desde el valle del Besiberri.

Dejamos el coche en el aparcamiento del refugio de Conangles, a 1555 msnm y pegado a la carretera, y buscamos la amplia pista que va en dirección al refugio no guardado del Besiberri, donde dormiremos.

Esta pista, perfectamente balizada, se utiliza para subir por el barranco del Besiberry hasta el estany Gran de Besiberri, y se parte en dos, pudiéndose subir por dicha pista o por un sendero más empinado que corre entre hayas y abetos.

Esto hacemos nosotras, pasando además por unos saltos de agua espectaculares, y cruzando en alguna ocasión el torrente, que baja este año bien cargado.

El camino se hace largo pero la salida no puede ser más espectacular: en cuanto ganamos altura y vamos saliendo del bosque tenemos detrás nuestra la zona de Moliéres (poco más tarde tendremos unas vistas muy chulas del Aneto).

Y tras pasar una especie de collado, el estany Gran con los Besiberris y el Colaloforno.

Y como un puntito en la distancia, el refugio al que vamos, bordeando por nuestra derecha el estany y luego ascendiendo entre revueltas hasta llegar a él.

Donde por sorpresa (habíamos madrugado bastante para tener sitio) pasaremos la noche solas.

DÍA 2: Desde el refugio del Besiberri hasta el Besiberri Sud, pic d’Avellaners y descenso.

Tras haber descansado bien, desayunamos pronto, esperamos a que haya algo de luz y nos ponemos en camino, por un sendero que por encima del refugio sigue hitos en dirección al Besiberri Sud.

Vamos a pasar primero una zona de regatos para luego, entre rocas pero siempre bien hitado (lo que nos permite esquivar los neveros que aún quedan) ir encaminándonos hacia la canal del Estanyet.

A la derecha podemos observar el brillo que deja el refugio del Besiberri.

Pic d’avellaners a la derecha de la imagen.

Aparte de los hitos, el camino es claro porque tendremos siempre a la vista el pic d’Avellaners, que nos servirá de guía si no conocemos la zona.

Poco a poco nos vamos acercando a la canal y vemos que aquí si que existe un gran nevero para el que harán falta piolet y crampones.

Los ponemos y buscamos la salida más evidente, pues en realidad son varias canales por las que podemos pasar: habíamos leído que la zona es bastante chunga y que además hay que estar atentas a la subida porque luego a la bajada la visión es bastante distinta. Nosotras cogimos la canal en la que hay una placa dedicada a una chica francesa muerta, y que da al poste que indica el collado.

Aquí se ven las 3 posibles opciones: de izquierda a derecha la amplia pedrera, la canal en la que se puede ver arriba el poste indicador y el pequeño corredor a la derecha aún con una línea de nieve.

Como decimos, ojo a esta zona que es bastante complicada y además expuesta a la caída de piedras. La subida se nos hizo difícil pero íbamos solas; la bajada, con un montón de gente tirando rocas, era bastante peligrosa, y aún así eramos las únicas que llevábamos casco, aparte del material invernal.

Llegamos bien al collado, que además marca el comienzo del Parc Nacional d’Aigüestortes i estany St. Murici.

A partir de aquí, ya solo falta seguir hacia la cumbre por un tramo mucho más sencillo.

Y tener una visión tremenda del Parque Nacional, donde hay bastantes estanys aún congelados en pleno agosto, haciendo honor a su nombre.

Nos fijamos en el tramo de cresta que va hacia el Comaloforno, que era nuestro siguiente objetivo. Pero unas nubes que se estaban metiendo y el hecho de que habíamos ido muy despacio y nos quedaba la bajada nos hacen dar la vuelta.

Así que nada, vuelta al collado y aprovechamos para subir, en unos minutos, el pic d’Avellaners.

A partir de ahí, bajada por la canal (que ya dijimos, y vuelvo a repetir, es bastante peligrosa) y llegamos al refugio para comer algo, descansar y tirar de vuelta hacia el coche, en las profundidades del valle.

Por los rincones de Irati.

Después de muchos años de querer ir, por fin nos acercamos al bosque de Irati, la segunda mancha forestal más grande de Europa tras la Selva Negra de Alemania.

Aunque es mucho más, es sobre todo conocido por su extenso hayedo-abetal, bosque que además es muy difícil de encontrar tan al sur.

Llegamos por el valle de Salazar, uno de los cuatro que componen la zona, y el más conocido de ellos.

Remontando el valle desde Iruña todos los pueblos nos parecen muy guapos, pero podemos destacar el último de ellos (y el más poblado) Otsagabia.

Una arquitectura de lo más interesante, así como un centro de interpretación de la naturaleza en el que merece la pena pasar un buen rato para conocer el entorno en el que nos encontramos.

Nuestra idea era subir a las Casas de Irati (Iratiko Etxeak) para alquilar unas bicis en su centro BTT.

El problema: el centro está aún cerrado, así que como al día siguiente teníamos intención de subir al Ori (el dosmil más occidental del Pirineo) decidimos hacer algo suave que nos permita conocer en profundidad este bosque.

Así que a salto de mata nos animamos a ir enlazando pequeños senderos locales.

Comenzamos con el SL-NA 61A (Paseo de los Sentidos), un tranquilo paseo que sale de las mismas Casas de Irati y en que nos vamos a internar en el bosque tras pasar por la ermita de la Virgen de las Nieves. El hayedo está en plena eclosión primaveral, y lo disfrutamos.

Vamos a tener cerca el río Urtxuria, como el resto de la jornada. Tras un tramo de subidas y bajadas enlazamos con el SL-NA 60A (Camino Viejo a Casas de Irati), que vamos a realizar al revés de como nos lo marcan.

Con algunos tramos de subida, vamos a llegar al mirador de Akerrería, desde donde podemos ver una gran parte de esta auténtica selva, mientras nos graniza, nos llega algo de viento y vemos la nieve asomar.

Vamos a bajar de una forma pronunciada tras pasar por una campera (de los pocos claros que vemos en este bosque tan denso) y llegar enseguida al embalse de Koixta.

Desde aquí tenemos vistas al Ori, bien cargado de nieve a pesar de las fechas en las que nos encontramos. Tenemos un día raro, el sol se mezcla con el agua y el granizo…y esto no era nada.

Para volver decidimos usar el SL-NA 69 (Camino Viejo a Koixta).

A pesar de ser un SL, el camino pica que da gusto, en un subeybaja junto al río un tanto incómodo. Sobre todo porque ya estamos cansados y el hayedo, en toda su preciosidad, nos llega hasta a agobiar un poco.

A pesar de que los senderos están en general bien marcados, nos despistamos tras abandonar el río en una amplia subida y tardamos un buen rato en dar con algún camino correcto, encontrando las marcas del GR que pasa por la zona mientras nos diluvia de una manera incontenible.

Llegamos en plena tormenta al aparcamiento, casi agradeciendo la presencia de la ermita, tras esta circular de unos 12 kms. y unos 600 metros de desnivel que engañan, pues parece mucho más.

Y no quedaba nada aún, pues nos cae una nevada impresionante que corta la carretera y nos obliga a esperar a Mister Quitanieves. Claro, debemos dejar el Ori para días mejores (temíamos riesgo de aludes y que además el puerto de Larrau estuviera cortado) y tomar unas sidras bien merecidas en Otsagabia.

 

 

 

Peña Oroel. Un mirador cerca de Jaca.

Tras la paliza del día anterior con el Bisaurín, queríamos aprovechar bien el último día de nuestra viaje. Desde Jaca se ve una montaña espléndida en cuanto a forma, y nos pareció una manera sencilla y bonita de acabar nuestra excursión.

Forma curiosa de esta montaña de conglomerado, la primera que subo en mi vida, que se sitúa entre el Prepirineo y la sierra de Guara, y que tenemos muy cerquita de nuestra casa de acogida.

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Esta excursión es fácil, ideal para una mañana. Vamos hacia el Parador de Oroel, desde donde está perfectamente indicada. No hace falta explicar mucho el camino, ya que desde allí no hay pérdida posible.

No solo eso, sino que al ser una cumbre asequible y ser festivo está llenísimo de gente (oh, que bien). Lo que más me gusta es lo cuidado que está explicado el sendero (nosotras recorremos el PR HU-66, pero hay se puede subir desde otros pueblos cercanos); el sendero, las vías ciclables en el monte, recorridos de orientación…y también avisan de no abrir nuevos senderos, hablan del problema al que se enfrentan los abetos de la zona por el aumento del calor y la bajada de las precipitaciones…un lujo, aunque se nota también que dependen económicamente de ello.

Lo dicho, empezamos a andar por un camino sencillo, pero que, cosas de la zona, pica todo el rato hacia arriba, lo cual es algo maravilloso para nuestras sobrecargas musculares, así que nos lo tomamos con calma.

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Habrá a quien no le interese esta ruta (mirad este enlace donde se explica perfectamente su recorrido) por su evidente falta de dureza, pero solamente por ver este variado bosque merece la pena acercarse. Pino silvestre, boj (en gran cantidad), avellano, serbal de cazadores, roble, abeto según se va subiendo…un placer para los sentidos y el ver que, si no cuidamos esto, se nos irá a la mierda bien pronto.

El camino continua en su ascenso constante (la ascensión son unos 600 metros en poco más de 3 kilómetros) hasta llegar al collado de Las Neveras, desde donde ya se ve perfectamente la cima, que dista solo unos minutos.

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Desde la atiborrada cima, aparte de calor y hormigas voladoras, tenemos esto:
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Buitres y quebrantahuesos se pueden observar en la zona, lo cual me hace dudar de lo indicado de estar tanta gente allí y de algunas vías de escalada que hay en la zona (como no soy un experto, os dejo el enlace a la gente de Escalada Sostenible para ahondar sobre el tema).

Nos quedamos un poquito más, despidiéndonos del Pirineo con Monte Perdido de fondo y con ganas de volver.

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Bisaurín, Fetás y Puntal Alto del Foratón desde Lizara (Pirineo Occidental).

Viaje expréss a Jaca para conocer y disfrutar de la Jacetania. Nos levantamos prontito en una calurosa mañana para dirigirnos al refugio de Lizara, desde donde tenemos previsto subir al Bisaurín, la cota más alta de la zona con sus 2670 msnm, y su fácil acceso técnico (ojo, que no físico).

Lo dicho, desde Aragües del Puerto (el pico está en la divisoria de este valle con el de Hecho) nos acercamos al refugio, donde dejamos el coche y comenzamos a andar siguiendo el GR 11.1 en dirección al claramente visible pico según miramos a nuestra izquierda.2016-08-14 09.05.50

 

El camino pica hacia arriba enseguida y sin pérdida posible en temporada estival. Acostumbradas al Guadarrama, esto no nos da tregua; vamos en dirección del collado Lo Foratón bajo un calor impropio de la zona.

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El sendero es compartido con la senda de Camille; está muy transitado, son duda, más de lo que esperamos los madrileños en busca de calma y soledad.

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Nos vamos acercando al collado, donde el camino relaja un poco. Nos animamos, ya que nos ha costado bastante en lo físico por el calor, por el cansancio…

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Una vez en el collado, a más de 2000 metros ya, merecido descanso y a disfrutar de las vistas.

Allí nos dividimos; unas van a coronar el cercano Puntal Alto del Foratón (2154 msnm), prolongación del macizo del Bisaurín que forma la sierra de Gabas.

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Otros dos nos encaminamos a la subida directa hacia el Bisaurín: 670 metros en 2 kms. con inclinaciones de hasta 30 grados.

Nos hace sufrir tanto, con tramo final más rocoso incluido, que luego lo disfrutamos aún más, como no.

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A pesar de que hay demasiada gente en la cima, nos quedamos un rato mirando alrededor: Midi d´Ossau, Lecherines o Castillo de Acher son alguna de las cimas que vemos pero que desconocemos, ya que es la primera vez que estamos en la zona. Diferenciamos nada más que la impresionante Collarada.

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Nos toca después iniciar el descenso. En vez de hacerlo por el mismo camino, cresteamos algo hacia el Este, hacia una cumbre secundaria, desde donde tenemos una estupenda vista del Puntal de Secus y de nuestro siguiente objetivo: el Alto de Fetás (2539 msnm), para el cual debemos de seguir el sendero hitado que, siguiendo dirección Este se adivina claramente en la misma dirección. Desde ahí, vemos claramente el collado que separa Bisaurín de Fetás, y más allá tenemos el macizo de Bernera.2016-08-14 13.12.52

El sendero nos hace rodear el Fetás para, tras una breve trepada, llegar a su cima.

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Volvemos al sendero hitado, que nos debería bajar hacia la plana Mistresa por el barranco que existe entre los macizos del Bisaurín y de Bernera, pero nos descolocamos un poco. Tenemos situados todo el rato los puntos de referencia (el barranco, la dirección del refugio, el Fetás), pero hay algunos hitos que se pierden y no llevan a ningún lado, así que hay que ir con cuidado porque en un día con difícil climatología esto puede crearnos un problema grave.

No es así y bajamos por varias canales y pedreras hasta el barranco, donde las marcas del GR nos esperan.

Esto nos tranquiliza, porque nos hemos encontrado con una oveja a punto de morir de hambre, perdida, así que no estábamos en una zona muy transitada que digamos.

Antes, tenemos la suerte de encontrarnos una pradera llena de Edelweiss. Planta alpina en peligro de desaparición, si la veis ni se os ocurra arrancarla.

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Como decimos, ya siguiendo el camino, nos lleva primero hasta el refugio de Ordelca y poco más adelanta a Lizara, donde acabamos merecidamente el día.

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Pirineo de Lleida: Punta Alta de Comalesbienes saliendo del refugio Ventosa i Calvell

Recién llegado de pasar unos días en varios puntos de la geografía catalana, voy a empezar con el relato de la primera ascensión que realizamos, Punta Alta de Comalesbienes, que se encuentra dentro del Parc Nacional D´Aigüestortes i estany Sant Maurici, en el Pirineo de Lleida.

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Este va a ser, con sus 3019 metros de altitud mi primer tresmil, aunque esto debiera haber sido alcanzado el día anterior; teníamos previsto subir el Comaloforno y el Besiberri Sud, pero por una serie de circunstancias tragicómicas (vamos, que nos perdimos), no pudo ser.

Tras nuestra poco grata aventura en busca del Comaloforno, cogemos el sendero que nos lleva al refugio Ventosa i Calvell (2200 msnm), donde haremos noche, desde la presa de Cavallers (1731 msnm).

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El sendero rodea la citada presa en un suave ascenso hasta el pletiu de l´Obaga y el de Riumalo, donde empieza a ganar altura; por cierto, este tramo está señalizado hasta el refugio.

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Aunque, aparte del pedrero, el camino no es muy difícil, el cansancio que llevamos después de todo el día perdidas nos hace largo el camino hacia el estany Negre, donde se encuentra el refugio. Eso sí, merece la pena la llegada.

Las vistas, la tranquilidad, el ambiente que hay allí dentro…y el merecido descanso.

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A la mañana siguiente nos encaminamos poco a poco hacia Punta Alta. Realizar el ascenso en esta dirección (desde Ventosa i Calvell, bajando luego por el barranco de Comalesbienes) hace que el comienzo de la jornada sea suave, lo que nos ayuda a entrar en calor.

Al poco nos vamos encontrando los estanys de Colieto. Una vez en el estany gran de Colieto (2183 msnm) debemos desviarnos a la derecha, dejando otros senderos que se encaminan al refugio del estany Llong y al pico del Contraix.

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Ahora sí que empieza la ascensión, continuamos hasta el estany de la Roca (2390 msnm), acompañados de un chaval de Barcelona que nos encontramos y que nos ayudó tanto a guiarnos como a seguir a buen ritmo. Por cierto, el de la Roca fue uno de los estanys más bonitos de los que vi:

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Ahora se trata de ir subiendo. La ascensión es continuada y dura, nada técnica pero si es lo que yo llamo un infierno de rocas (nada comparado con lo que luego sería la bajada).

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Nuestro recién conocido colega nos deja atrás, no vamos muy bien de fuerzas después de la odisea del día anterior y vamos haciendo continuas paradas para recuperar.

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Siguiendo los hitos, continuos en el camino, seguimos en ascenso, aunque el último tramo se nos hace cuesta arriba…nunca mejor dicho. Una mirada a lo que ya llevamos nos da ánimos:

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Hasta que hacemos cumbre, por fin:

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Tenemos enfrente nuestra la cresta de los Besiberris con el Aneto de fondo…

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Hacia el otro lado el Contraix, abajo nuestra los estanys de Comalesbienes (hacia donde haremos el descenso)…

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Todo eso y muchas más cosas para las que el lenguaje no está preparado explican la cara de felicidad del menda (lerenda).

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Tras demasiada espera, mi primer tresmil. Aunque sea el segundo (repetido, porque es el mismo que ya hizo) de mi acompañante y guía espiritual, la alegría es compartida.

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Parece que este año también apretó el calor por aquí. Apenas hay neveros, e imagino que el descontrol para la flora y la fauna del lugar debe haber sido importante…

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Enfrente nuestra tenemos, siguiendo la cresta de Comalesbienes, el pic de Comalesbienes (2997 msnm), que también coronamos.

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Desde el pic de Comalesbienes se trata de volver al collado que le separa de Punta Alta e iniciar un descenso rápido y pedregoso, en el que nos guían unas personas de Llodio que nos encontramos, y que bajan como cabras.

Pues eso, descenso endiablado hasta los estanys de Comalesbienes (2600 msnm), que se bordean por la derecha, siguiendo hitos.

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Una vez allí, continuamos en dirección oeste, siempre señalizado, hacia el barranco de Comalesbienes. Hay un tramo pequeño con ligera subida tras el última estany, pero tras pasar una cota sin nombre a 2652 msnm el concepto “infierno de rocas” adquiere su real significado.

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El descenso, en el que bajamos unos 900 metros a pulso, hace que las rodillas se quejen, crujan y no quieran seguir.

A pesar del calor, según descendemos hay alguna zona de pinar que nos da algo de sombra, aún así se nos hace largo y pesado este tramo final.

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Hasta que por fin llegamos a Cavallers, donde tenemos el coche y donde recogemos a un compa que habíamos visto en la cumbre y al que la montaña venció…

Contentas y cansadas, camino de una ducha.

 

 

 

 

 

Carros de foc, peripecias en el País del águila con bigotes.

Tenemos aquí la segunda colaboración externa a este blog. En este caso, el compañero de Natursierra nos narra su aventura en Carros de Foc. Carros de Fuego es una ruta circular de senderismo, de 56 km y casi 9.000 metros de desnivel acumulado (sumando el positivo y el negativo), que une los nueve refugios guardados del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Las altitudes de la ruta oscilan entre los 1.900 y los 2.800 metros.

La travesía fue creada oficialmente el año 1999, aunque la idea original surgió en 1987. En el verano de este último año algunos guardas de los refugios realizaron una ruta a pie entre los nueve refugios del Parque en menos de 24 horas, y uno de ellos bautizó esta travesía con el nombre de “Carros de Foc”.

Aunque no pudo realizar el recorrido entero, para eso están las montañas, para dar vueltas y revueltas, para aprender, para perderse, para cambiar el itinerario previsto. 

Aquí os dejo con su aventura, no contéis con que las fotos están ordenadas, seguid leyendo y disfrutad de las vistas…

El Camino de los Dioses

Peripecias en el País del águila con bigotes.

Miércoles 10 de junio de 2015.

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Todo camino iniciático comienza por la redención, por la asunción de la nueva situación del neófito y entonces sí, estás preparado para adentrarte en las fauces verdes de la floresta que te regurgitan para ser purificado por las aguas, que te hacen merecedor de emprender este camino de perfección y conocimiento. ¡Y vaya si nos llovió! La mañana amaneció fea, con nubarrones que se deshilachaban por su paso entre los picos que nos recibieron en el aparcamiento de Espot. El camino a orillas del Escrita se antojaba delicioso y misterioso, cada vez que el murmullo del agua quedaba en sordina por la oscuridad del abetal que poco a poco, como en un cuento de los hermanos Grimm, nos llevó a la casita del Bosque (refugio de Ernest Mallafré, 1.833 m.). Un anciano jovial, nos alertó de los peligros, de las normas y de los misterios de este camino que acabábamos de emprender, mientras mojábamos galletas María en un café con leche y de nuestra ropa, comenzaban a brotar nieblas mañaneras.

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A medida que el camino ascendía, el bosque retrocedía y solo parecía un espejismo reflejado en las brumosas aguas del Estany de Sant Maurici. Un poco más arriba una figura oscura, bajo un árbol, se dibujaba entre la sucesión de uno y otro lago, que apresados por las montañas guardaban en sus entrañas los recuerdos. La ascensión fue pesada, el aire frío no recordaba la fecha veraniega del calendario. El refugio de Amitges (2.366 m.) se mostró acogedor, con el leve crujir de la madera bajo los pies, y el dulce empañado de los vidrios de mis gafas y el olor a café, y a luz amarilla que iluminaba a los jóvenes que estaban tras el mostrador.

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A la salida, el Port de Ratera (2.594 m.) nos esperaba. La nieve no cedía al persistente diálogo del agua y nuestra figura se transformó en un acompañante más de nuestra marcha, pongamos que se llamaba Felipe, que emprendió con nosotros, el camino hacia el interior de uno mismo, hacia los vértigos de nuestras propias montañas.

Como un camino de baldosas blancas, el valle se vaciaba desde la altura hacia el Estanh Obago, en esa sucesión casi sincrética de tres peldaños, de tres estanques, tres viajeros que conducirían al final de nuestra jornada y tras pasar el muro del estany, al refugio de Colomer (2.138 m.), insignificante bajo la enorme mole de su circo.

Éste sería otra prueba, el frío y la humedad no se combaten con el calor de la chimenea, se han de combatir con el calor de la determinación, de reponerse al esfuerzo y de alzarse más allá de las cenizas, más allá de los propios miedos.

Jueves 11 de junio de 2015

A menudo las cosas más insignificantes de tu vida, pueden resultar deliciosamente maravillosas y aparecen cuando tienes realmente los ojos abiertos, y eso precisamente es un rayo de sol. La mañana amaneció exultantemente despejada, de un azul casi impúdico que invitaba a calzarse las botas y abandonar el refugio en el corazón rocoso de Pirene por un pequeño puentecillo destartalado, vencido por el peso de la nieve. El Port de Caldes (2.572 m.) no se muestra abiertamente, sino que se presenta poco a poco, desplegando su larga falda a la vuelta de cada pequeño collado, para finalmente abrirse ante ti con una panorámica sobrecogedora, que extiende ante tus ojos las cumbres como en un lienzo pintado, quiméricas, inalcanzables, insondables… pero tan luminosas que resultan hipnóticas.

Nuestro cicerone, pongamos que se llamaba Felipe, nos dejó en aquellas cimas, deberíamos caminar ahora libres hacia nuestro destino y éste parecía bucólico, entre divertidos regajos de aguas cristalinas, entre ranas bermejas y bellas flores que adornaban nuestro paso hasta el refugio de Ventosa i Calvell (2.215 m.). Hasta las simpáticas marmotas recién llegadas, como aquel que dice, del país vecino, parecían alegrase del nuevo día, soleándose entre los canchos.

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Pero como en todo buen cuento, los giros inesperados son constantes previsibles que te acechan, como nos acechaba la tormenta, tras adentrarnos por el ciclópeo dédalo de peñascos esculpidos por el viejo glacial. Unos riscos no serían ya excusa para no encaramarnos en busca de nuestro destino, un pequeño portillo blanqueado aún por el invierno, al final de la cabecera del valle que comienza con el Estany Negre, mal presagio. Son estos parajes trágicos, atormentados, dónde aparecen encalados por el sol los esqueletos retorcidos de los pinos, supervivientes a los embates de la ventisca y a la violencia de los aludes, los que te hacen ponerte en relación con la naturaleza que te rodea, lejos de nuestras ciudades diseñadas a escala de nuestros propios temores.

La ascensión al Collado de Contraix (2.749 m.) necesitó de sudor y crampones, para salvar el último de los ventisqueros que se precipitaba indolente hacia el vacío de la escollera, bajo el azote del viento y el granizo. Pero coronarlo, más que un consuelo, resultó ser todo lo contrario. Una densa niebla apenas dejaba ver una pequeña peana que se adentraba en una oscuridad blanca, indeterminada, que un soplo de viento terminó por desvelar en un nevero en forma de pala, que precipitaba violentamente hacia un lago de un azul turquesa, inquietante, el Estany de Contraix, orlado por pedrera de canchales rotos y quebrados.

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El descenso fue lento, penoso, adentrándonos en cada uno de los tres purgatorios de cada uno de estos valles, para que las aguas nos purificaran de nuevo en forma de torrencial tormenta. Poco a poco, se dibujaron los bosques en un lienzo a medio poner, entre girones de nubes y picos que adelantaba el rumor del río. Los pinos acercaron nuestros pasos hacia una chimenea que humeaba por encima de las copas oscuras y una luz amarilla que se extiende más allá de una ventana, para saludarte amiga. La puerta del refugio de Estany Llong (1.987 m.) crujió y un golpe de calor, pintó de tranquilidad nuestras caras.

Viernes 12 de Junio de 2015.

No eran siete, ni eran enanitos. Eran vascos y tenían su propia Blancanieves, aunque el más vasco de todos, era de Leganés. Pongamos que se llamaban Manolo, Fernan, Lauri, Tomás y Maitane y hablaban alegremente junto al fuego de una chimenea encendida, entorno a un vaso de vino. Eran filósofos disfrazados con mallas y pantalones térmicos, con la cara curtida y las manos ásperas y callosas de alzarse a los collados y los riscos. Contaron como se cuenta junto al fuego, los logros y las alegrías y los oscuros momentos, agrios, cuando pierdes la huella sobre el nevero y caes sin remedio, asiéndote al piolet como un náufrago a su cuaderna. Y cuando el rescoldo se empeña en sacar los últimos vapores a los calcetines y unos calzoncillos desgastados, aflora la nostalgia de los tiempos pasados, quizás de la juventud que lentamente se disuelve como el azucarillo en el té. Y casi sin querer, miramos al fondo de la taza, creemos ver de nuevo océanos en aquel pocillo de agua sucia, que deja ver el desconchón de la loza.

La mañana amaneció de nuevo exultante y el paseo se inclinó paso a paso, como pidiendo permiso en un jardín de rododendros en flor y pinos de hojas verdes. Un bosque por estrenar, recién lavado, perlado de rocío y flores frescas, listo para mancillarlo con el monótono tintineo de nuestros bastones. Y casi sin querer nuestra mirada se paseó por el balcón que se abre sobre Boi, para ascender por los tres peldaños, por los tres lagos… camino del collado, camino con nuestro destino, llegar a la Colladeta Dellui (2.577 m.).

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Pero bajo la sombra del Pico Dellui (2.802 m.) apareció él, majestuoso, dejándose deslizar por la brisa de la mañana, acicalado de arcilla el plumaje, el gran águila de los bigotes, el quebrantahuesos. E impertérrito, volvió a pasar sobre nuestras cabezas, como sorprendido que aquellos mortales, aquellos, ahora sí, siete enanitos, hubieran osado hollar aquél, su país, el país del águila de los bigotes, aquél que sólo los elegidos, aquellos que son capaces de ver más allá de dónde ven los demás, de vivir allí donde habitan los sueños, están invitados a morar.

Aquel viaje a ninguna parte, aquella carrera al altímetro y al cronómetro, por fin, había cobrado sentido para mí. Tomé una piña caída en el suelo, como emblema de mi encuentro, una piña de escamas de dragón, única como las miles, millones de ellas que cubren el suelo y la guardé en mi bolsillo. Me levanté de un brincó y dije:

– Ya estoy listo, ¿continuamos…?

(Continuará…)

Viernes 12 de Junio de 2015 (II Parte)

El valle que se abre al otro lado del collado de Dellui apareció inusualmente verde, de ese verde mullido que recuerda a las alfombras de lana y que acelera y alegra los pasos por las riberas de los Estanys l’Eixerola, Mariolo o Tort. Son numerosos también los muros de las represas que debemos cruzar, apoyados sobre un cable de acero o las más veces, sin nada. En estos riscos inanimados habitan graciosos los isard o rebecos, desafiantes a las más elementales normas de la gravedad. Se desenvuelven de acá para allá con gráciles piruetas que se antojan imposibles, enmascarados, rematados con aquellos cuernos curvos, ganchudos, nos miran desde las alturas con insolencia, casi con descaro.

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A la revuelta del camino caminamos por las viejas vías de las obras hasta la Portella (2.302 m.) donde el camino se retuerce para adentrarse de nuevo en el gris quebrado de la morrena y el hielo, humanizado por el refugio de Colomina (2.420 m.) que se descuelga prendido únicamente a esta tierra por ristras coloridas de banderolas de oración tibetanas (lungta).

Nunca pensé que unos nubarrones negros y unas cervezas, harían desistir tan fácilmente a un grupo de vascos, pero no hizo falta mucho más para que nuestra Blancanieves y sus cuatro hombretones nos abandonarán por la comodidad del refugio, y no es de reprochar, pues las vistas se me antojaban como un póster pintado de una agencia de viajes.

El miedo a nuevas tormentas y a los oscuros nubarrones, hicieron que pusiéramos los pies en marcha, bordeando la escollera del Estany de Colomina y Mar para perdernos por el minúsculo portillo del Pas del l’Ós (2.542 m.) que se abre a un desolador circo habitado por el Estany de Sanburó. El paso no es más consolador, como un mártir en un anfiteatro romano, te ves en la obligación de encaramarte a los riscos con las manos, trepar para tomar altura, esquivando los últimos neveros de la ladera, camino de la Collada de Capdella (2.668 m.).

Ahora sí, el circo de del Pic Mainera (2.910 m.) se abre sobrecogedor, imponente, reflejándose en el espejo del Estany Gelat que guarda nuestro descenso, lento, cadencioso, vigilado por las marmotas curiosas que nos salen al encuentro y las aguas ahora quietas, ahora bravías, que nos acompañan en nuestro camino. Lejos parecen ya los nubarrones que parecían colarse por el collado de la Peguera (2.845 m.) y poco a poco el canchal áspero se torna verde hierba, y el paso duro y agreste, en mullido y jovial. Poco queda ya para que entre los canchos aparezcan de nuevo los pinos y con ellos los rododendros y un poco más allá, los jardines del paraíso.

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Jardines de flores rosadas, amarillas y azules. Y maderas blanqueadas por el tiempo y gayubas y brezos que juegan entre la rocalla, surcados por serpenteantes senderos. Y se asoman al estanque de aguas azules y reflejan el blanco de la cascada que con su rumor, mece las hierbas que crecen en la ribera. Y te sientas desde los múltiples balcones que se abren hacia el infinito, sobre la lámina de estaño pulido de Estany Tort de la Peguera que aparece, llenando la vista. Y en el medio, como en una península ideada tan solo por los versos de un cuento, Josep María Blanc, el refugio (2.318 m.), como una quimera en la orilla de la laguna Estigia.

Sábado 13 de Junio de 2015.

Los lugares donde habitamos raramente son reales, los vestimos con todas aquellas ilusiones y necesidades que nos creamos y pintamos sus paredes con iconos, de los cuales únicamente nosotros sabemos su significado. Quizás el Parnaso no sea el Torc de la Peguera (2.318 m.), y tan sólo sea el reflejo irreal de un anuncio de ropa de montaña. El calor de una chimenea, una ducha caliente o un plato de sopa… pueden proporcionarte la gloria, o tal vez no, ¿quién sabe?

El repique de un cucharilla, una tostada con mantequilla, el rescoldo apagado, sepultado bajo la ceniza, suenan a despedida. El silencio parece ampliar los ruidos de nuestra rutina que termina con el áspero recorrido de una cremallera.

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El día todavía anda destilando colores, contaminados por esa luz dorada, irreal, que hace difuminar los volúmenes en un plano bidimensional por el que deslizar los dedos. El camino desciende sin pausa, impenitente, ahondando en el corazón de una realidad irremediable, en la rutina de un horario y un calendario.

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Paso a paso, el paisaje retorna una y otra vez a las pupilas. Los canchos impertérritos se vuelven pinos y rododendros, para al momento, tornarse abetos y abedules que ahogan la luz del nuevo día en la penumbra de los seres mitológicos. ¡Oh, tu bella Pirene, que corres a despedirte a nuestro encuentro, en forma de joven corza entre las flores, y tras vergonzada, emprendes la huida, te dignas a volverte, para guardar de nuevo en la retina la imagen de estos dos montañeros, peregrinos…de este país, el país del águila de los bigotes!

Epílogo

El país del águila con bigotes

El águila que tenía bigotes –dijo, y el pequeño Marcos se quedó con los ojos abiertos como platos.

Su padre y aquel hombre acababan de llegar de no sabía dónde, cargados con sus grandes y pesadas mochilas que tintineaban a cada paso. Llevaban barba y la cara tostada por el sol. El hombre se agachó y le dijo:

-Marcos te hemos traído una cosa – Dijo abriendo la mano- una piña, pero no creas que es una piña cualquiera, es una piña de escamas de dragón.

El pequeño Marcos abrió todavía más los ojos y dudó antes de posar su pequeña mano sobre aquel mágico objeto. El hombre dejó su mochila, se secó el sudor con el dorso de la mano y se sentó pesadamente en la escalera, emitiendo un resoplido.

-¿Quieres que te cuente su historia? – Dijo por fin.

El niño dudó por un momento para después mover de arriba abajo la cabeza enérgicamente.

-Pues anda, siéntate aquí que te cuento la historia de tu piña.

El hombre tanteó en su bolsillo y sacó una pequeña libreta negra, que se sujetaba con una goma elástica, al abrirla…un mundo lleno de dibujos, de flores secas y de recortes de papel comenzó a penetrar por sus ojos, como la lluvia lo hace con la primavera.

– “En un país muy lejano – dijo el hombre- dónde habita la más bella de las mujeres, Pirene, mandó construir el gran Atlas, su padre, un palacio hecho de nieve y roca, y alzó hasta lo más alto sus torres y murallas, para que nadie pudiera arrebatarle a las más preciada de sus joyas, su hija. Y el gran gigante adornó las cumbres con los hielos y las nieves y pintó de ribetes verdes las laderas. Para que la joven princesa no se aburriera, le trajo rebecos y marmotas y corzos y osos que se escondieran entre la floresta. Y cubrió las ásperas rocas de alfombra verde y mullida, salpicada de flores olorosas.

La bella Pirene se sentía feliz en aquel palacio, pero pronto se aburrió de la conversación del rebeco y ya conocía todas las historias del sapo. Sabía todos los olores de las plantas y se cansaba de que las torres no le dejaran ver más allá.

Un buen día, un joven y apuesto cazador llamado Queralt, siguiendo el rastro de un venado se aventuró hasta el bosque de Pirene. La niebla le cerró poco a poco el paso y no supo encontrar el regreso. Bajo un viejo abeto dormitaba, bañado de luz de luna, cuando la joven le descubrió. Ella nunca había visto a nadie como él, con sus brazos fuertes y su pecho torneado, de largos y rizados cabellos que se confundían con el bigote y la mandíbula fuerte y poderosa.

La doncella recorrió los prados y tejió con sus propias manos una corona de flores blancas y le vistió la frente con ella. Cuando el nuevo día acarició con sus rayos la cara del hombre, la joven Pirene corrió a esconderse en la forma del abedul.

El apuesto muchacho al levantarse, encontró el extraño tocado y en vano buscó a su benefactora. Caminó por las cumbres errático en pos de una salida de aquel palacio hasta que dió con el rastro sobre la nieve, de las huellas de un gran oso.

Con paso ágil y corazón joven, Queralt no tardó en darle alcance y viéndolo de cerca, perdió el miedo, no podía volver a casa con las manos vacías, pensó. Y dando un grito se abalanzó sobre el oso empuñando tan solo su lanza de tejo. El animal sorprendido, se alzó sobre sus patas y se dejó caer para aplastarlo con sus grandes garras, pero el joven habilidoso, colocó de tal forma la lanza que le atravesó de parte a parte el pecho, librándose él entre las patas.

El oso dio un grito ensordecedor, un grito terrible, y el palacio que el viejo Atlas había construido a la joven Pirene, comenzó aa5 desmoronarse. Rodaron por las laderas enormes los peñascos que antaño elevaron las grandes torres y las gruesas murallas.

La doncella al ver lo sucedido, corrió en auxilio de su padre. Su joven amado, sin saberlo, había matado a Atlas, que convertido en oso la cuidaba. Él que tanto la había querido. Pirene enfurecida, derritió la nieve de las montañas y los ríos corrieron por sus laderas como las lágrimas por sus mejillas, y se remansaron en lagos, como se remansa el llanto. La muchacha se acercó a la orilla y alzó las manos. Del fondo del gran lago negro, de entre las aguas, emergió un gran dragón verde, enorme, colosal, que apenas si pudo remontar el vuelo, dejando los arañazos entre las rocas del collado.

La bestia corrió a buscar a Queralt, entre los peñascos y lagunas, en los bosques y cortados, hasta que por fin lo encontró, escondido bajo la piel del oso que había cobrado. El dragón embistió contra el joven muchacho, destrozando a su paso la ladera, él rodó por el suelo. Luego le escupió bocanadas de fuego, pero la dura piel del oso le protegía. Queralt tomó la garra del cadáver y la colocó firmemente en la punta mellada de su lanza de tejo y cuando el dragón acudió de nuevo, se alzó sobre sus piernas, tiró la piel al suelo y cara a cara, se enfrentó con el dragón.

La bestia llenó su boca de roja llama, tensó los músculos de sus patas y cayó en furibundo picado. El joven, paso atrás, lanzó su garra y la lanza llegó con fuerza a penetrar entre las escamas. El dragón herido de muerte, estalló en mil pedazos, dejando la ladera cubierta de escamas, escamas verdes de las que brotaron bosque de verdes pinos.

Queralt regresó a su aldea en el valle, vestido con la piel del oso y su lanza de tejo, coronado por Pirene como el rey del Pirineo.

La joven desconsolada, cuida muy mucho de sus montañas, tumba del viejo Atlas, y a veces, cuando el tedio la embarga, toma la forma de una joven corza o quizás una gama, para asomarse al valle, para hablar con las gentes de las montañas.”

El hombre había recorrido con sus dedos los dibujos, y allí estaba el corzo de la bella Pirene, y los lagos, los riscos del palacio y los jardines que el gran Atlas había trazado para su hija, y las escamas del dragón verde… las mismas que ahora, tenía el muchacho en la mano.

Volvió a abrirla y miró su piña largamente, luego miró de nuevo al hombre y le preguntó:

– ¿Y el águila de los bigotes?

El hombre cerró el cuaderno, se levantó de pesadamente, como si elevara de nuevo las montañas y rebuscó en aquella mochila inmensa y pesada. Lo hizo con paciencia y sonriendo, levantó la mirada y sacó, como si de un prestidigitador se tratara, una larga y oscura pluma.

La ondeó suavemente en el aire mientras decía:

– “El joven llegó a la aldea, y corrieron todos a reunirse junto a él, al ver la piel del oso. Pusieron fuego y asaron carne y tomaron vino. Bailaron y cantaron, y desde lo alto de una gran mesa de roble, relató su hazaña con el dragón. Burlándose, tomó la corona de flores y la arrojó a las llamas. Una espesa nube llenó toda la sala, había despreciado el regalo que a la bella Pirene, le había costado la vida de su viejo padre. Quiso el destino castigarlo convirtiéndolo en un ave, el águila de los bigotes, condenado eternamente a alimentarse de lo que los demás no quieren, los huesos.”

El hombre, rozó la nariz del muchacho con la pluma y luego se la tendió con una sonrisa cansada. Marcos tendió la mano y tomó con tiento la pluma. La pluma, la piña… pronto iría él también, pensó, a encontrarse con Pirene, en el país del águila con bigotes.

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