La primavera en que reinó una anarquía demente en Madrid.

Volvemos a las colaboraciones después de mucho tiempo. Y volvemos a nuestro deporte favorito, el B-A-L-O-N-C-E-S-T-O, de la mano de Santi Escribano (@santiescribano).

En realidad le fusilamos, con permirso, un artículo escrito en Playground Magazine en el que nos habla como no del Estudiantes. Ese Estu del 92 que hizo soñar a mucha gente, que como todo en la vida tiene una historia detrás mucho más material que épica y que podéis leer a continuación (el artículo original con todas las fotos y vídeos lo podéis leer pinchando aquí):

“Lo mejor de los 80 fue el basket, todo lo demás fue un auténtico desastre”, rapeaba un nostálgico Tote King en su tema NBA. Pero… ¿y de los 90? Por supuesto: el basket también. Y no hace falta irse al otro lado del Atlántico.

Hablemos de cuando un equipo fundado en un colegio se coló entre los cuatro mejores de Europa pero, sobre todo, se convirtió en un fenómeno social. Hablemos del Estudiantes de 1992.

I- El zarpazo del oso a la historia de losers

Dicen que cuando John Pinone aterrizó en España por primera vez, con la temporada empezada en 1984, un joven Manolo Lama le auguró en la SER una corta carrera en España: “está gordo, fuera de forma”.

Cuando el Oso Pinone aterrizó en España por última vez, el pasado viernes, le esperaban en la rueda de prensa TVE, Movistar+, El Mundo, El País, COPE, Marca… algo nada habitual tratándose de la liga ACB. Su presencia era el gran reclamo del homenaje al Estudiantes del 92 que el club montó con motivo del 25º aniversario de la mejor temporada de su historia: campeones de Copa, en la Final Four, semifinalistas en ACB y un impacto social tan loco que hizo honor al nombre de su afición: la Demencia.

Lo que significó el Estudiantes del 92 cuesta explicarlo 25 años después. Es algo que pegaba tanto con aquel inicio de los 90 donde parecía caer un viejo régimen (la politizada y hortera caspa ochentera de la guerra fría y la transición); y llegaba la modernidad en forma de siglas variadas: AVE, JJOO, CEI en lugar de URSS, The battle of LA y la ONU mirando a otro lado ante las masacres fratricidas en lo que antes era Yugoslavia.

¿Por qué no iba a ser posible entonces que un equipo de baloncesto fundado en un colegio madrileño y que había vivido siempre a la sombra de sus poderosos vecinos del Real Madrid marcase la pauta? ¿Por qué no iba a partir la pana en las gradas un grupo de animación con nombre de enfermedad mental y que reivindicaba como suyas las luchas del ayatolá Jomeini y Juana la Loca?

Pinone, el Oso Pinoso, es el jugador más importante de la historia del Estu. Por estadísticas, palmarés, pero sobre todo por impacto. Es el tipo que cambió la mentalidad conformista de un equipo como Estudiantes que entendía que ser un “patio de colegio” significaba regodearse en la derrota y que las victorias fueran accidentes a disfrutar. Lo hizo un habitual en competiciones europeas, fases finales de ACB y que las victorias fueran una consecuencia. Un poco como lo que ha hecho el Cholo como entrenador del Atleti. Complejos fuera. Y algo de pasta, claro.

II- Y la moda es el negro y el amarillo

Por eso, el pasado fin de semana, el WiZink Center de Madrid (aka Palacio de los Deportes de la Comunidad) se llenó de camisetas negras con la publicidad amarilla de Caja Postal para recibir a Pinone, Azofra, Pedro Rodríguez y demás integrantes de la plantilla del 92 en el partido que enfrentaba a Movistar Estudiantes con el Baskonia.

Camisetas negras que, cuando dos días antes se sacaron a la venta en plan edición retro limitada para coleccionistas, supusieron el récord de venta en un solo día en la tienda oficial del Estudiantes. En la época ya fue una camiseta superventas. Era de esos colores por el patrocinador: la Caja Postal de Ahorros, caja de titularidad pública que ya no existe. Ahora es una porción del gigante privado BBVA.

Que el Estu le comiera la tostada al Real Madrid –y de forma paralela este proceso sucediera en Catalunya con el Joventut subiéndose a las barbas del Barça- para muchos era una especie de revolución contracultural en el deporte. Ambos, Estu y Penya, compartían un modelo similar, una fórmula mágica que se repite como un mantra, tan fácil de decir como difícil de lograr: “dos buenos americanos y canteranos con talento”.

La cara B no se suele ver, claro. Ni la Caja Postal ni Montigalà -propiedad de Banesto- eran ONGs que ponían su letrerito en la camiseta por dos duros, sino patrocinadores a la vieja usanza que soltaban la plata sin miedo al ridículo. Jofresa en la Penya y Herreros en el Estu cobraban más que alguna plantilla ACB actual entera.

Pero no me voy a poner cenizo, que esto iba de ver qué maravilloso era todo antes y no de hacer como uno de los temas que lo partía en las radios de entonces, el Cómo hemos cambiado de Presuntos Implicados. Mejor tendamos al Smells like teen spirit, a la inocencia juvenil de una peña que en muchísimos casos ahora son cincuentones oficinistas votantes de Ciudadanos y entonces se enfundaban sin miedo al ridículo en chilabas y turbantes proclamando “Alcobendas marroquí y una mierda pal Madrid”.

III- La leyenda que no quiere serlo

Ante este arranque de nostalgia colectiva, el propio Pinoso fue muy crítico. “ No entiendo cómo siguen coreando mi nombre. Hace tantos años, han pasado tantos jugadores… Yo tengo una máxima: las cosas terminan y no me gusta mirar para atrás sino hacia delante” nos dijo a la prensa. “Es un honor que no me olviden, pero debéis vivir el momento y mirar al futuro”.

El mito que no quiere ser mito. La leyenda que reniega de su condición.

“Es que eres una leyenda, John”, le dijo el periodista de Movistar+ Jose Ajero en una grabación de esa maratoniana jornada de entrevistas para ganarse su complicidad.

“Porque tú me ves así. Soy normal y ahora estoy hasta la punta de…” respondió con un particular “zarpazo del oso” dialéctico.

Dicho y hecho: última entrevista del día y por fin en inglés. El resto de la mañana había atendido a los medios, armado de paciencia -la madre de la ciencia-, en su inconfundible castellano con acento de Connecticut. Allí es donde Pinoso, el tío que cambió la historia del Estudiantes, vive actualmente junto a su mujer y tiene una vida que suena poco a mito y más a la del estadounidense medio: asesor financiero y entrenador de un equipo de instituto.

“Los jefes son muy futboleros, siguen poco el basket. Pero cuando les he dicho que traíamos a Pinone no han dudado. Es más conocido que la inmensa mayoría de jugadores actuales. Y de los 80 y 90, sin duda. ¿Qué jugador del Real Madrid de principios de esos años podrías decir?” razona Ajero.

Pero si lo de Pinone es para flipar, el impacto social que supuso la afición de Estudiantes, la Demencia, es un sinsentido.

IV- ¿Te comprarías la hamburguesa Demencia?

El fenómeno ya venía de antes, de los años 80. La Demencia, básicamente, era una coña marinera surgida en el instituto Ramiro de Maeztu que usaba los partidos de su equipo, el Estudiantes, para hacer el ganso.

Ya en los años 80 llamaba la atención de los rivales y los medios, en el vetusto pabellón Antonio Magariños, por su particular humor. Por pura provocación ochentera asumieron como propio el discurso de los ayatolás: “Reagan es un carca, Breznev un invasor, y a todas luces salta que Jomeini es el mejor”. Pero, entre tanta provocación cuasi adolescente, una seña de identidad irrenunciable: “la Demencia anima sin violencia”.

Sin violencia física, que la verbal se practicaba y en estos tiempos de Flanderismo meapilas supondría escándalos mayúsculos e incluso alguna pena por terrorismo. “Con la espada de Alá cortaremos la mano de Elías”, se podía leer en el partido culmen de aquella temporada 1991-92, la eliminatoria contra el Maccabi de Tel Aviv israelí que se decidió con un oportuno resbalón de su estrella, Dorom Jamchi, en la última jugada.

La macarra referencia a “la mano de Elías”, nombre del pabellón del para nada apolítico ni aconfesional conjunto de Tel Aviv, hoy en día supondría un conflicto diplomático. Entonces la prensa rió la gracia.

¿Por qué?

Muy sencillo: a principios de los 90 el fenómeno ultra en los campos de fútbol españoles vivía sus particulares años de plomo. Las muertes de Frédéric Rouquier o Guillermo Alfonso Lázaro eran la punta del iceberg de la violencia en el deporte. Y como contrapeso a eso, encontrábamos a unos deslenguados chavales de instituto vestidos de moros que daban colorido a la grada. ¿Que mosqueaban al árbitro diciéndole ‘usted tiene el SIDA’ cuando era una lacra que no sabíamos cómo detener? Bueno, al menos no le estaban tirando bengalas.

Esto generó un fuerte apoyo institucional al modelo Demencia. Acompañado de los éxitos deportivos del equipo, aquello fue un fenómeno social en toda regla que nos dejó algunos momentos tan surrealistas como… puramente noventeros.

Un grupo de chavales con chilabas y politos pijos recibiendo el premio 7 estrellas del deporte de la Comunidad de Madrid. La entrega del premio Infantas de España. Los Inhumanos anunciando a bombo y platillo la grabación de un single con la colaboración de la Demencia. Conflictos legales sobre quién tenía registrada la marca “Demencia” tras mostrar interés Burger King en hacer una hamburguesa con su nombre

La Demencia sigue existiendo, claro. No es una peña al uso, ni mucho menos un grupo ultra. Y tiene mérito. Ahora que el Estudiantes ve como un éxito casi inalcanzable entrar en playoff y que a la policía del pensamiento amparada en la ley del deporte ya no le hacen gracia las ironías sobre el fundamentalismo islámico ir a la grada a animar es un acto de fe y no una moda como fue en aquellos primeros 90.

Y esos jóvenes que cuando Pinone colgó las botas estaban pensando si nacer o no, colgaron una pancarta en el homenaje del pasado domingo a aquellos héroes del 92 que resume muy bien el tema: “25 años de resaca”.

fotos cogidas de la publicación original, cedidas por el Estu.

 

 

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Subida al Alto de Guajara (2718 msnm), en el Parque Nacional del Teide.

Habíamos ido a las Islas Canarias, en concreto a Tenerife, con un objetivo muy claro. subir al Teide. Además, como se había estropeado el teleférico días antes, contábamos con poder subir a la cumbre en soledad. La nieve le iba a dar un toque aún mejor…pero va y nos cortan la carretera el único día que podíamos subir.

Vale, intentamos al día siguiente subir el Pico Viejo…pero tampoco puede ser, no tenemos horas suficientes. Como última opción nos aparece esta: una montaña que no conocíamos, de altitud considerable pero de rápido y fácil ascenso; allá nos vamos, a disfrutar de un Parque Nacional que no conocía, a hacer montaña en unas condiciones diferentes.

El coche lo dejamos, apartando turistas a manotazos (esto del conservacionismo parece que no se quiere entender) en el aparcamiento que hay en la ermita de las nieves y el parador nacional, con los Roques de García enfrente.

La montaña la tenemos justo enfrente, en la zona conocida como Pared de la Calder, serán unos 10 kms. y cerca de 800 metros de desnivel. Fácil y explosiva, es bien.

Además, la montaña forma parte de la mitología guanche, el pueblo exterminado por los colonizadores castellanos. Según se cuenta, Guajara era una princesa guanche que al perder a su amado Tinguaro en la batalla de Aguere fue hasta aquí y se lanzó al vacío desde la montaña.

Justo al lado del parador sale un sendero con las marcas del PN (El nº4, “Sendero de Siete Cañadas”. Ese es el nuestro. Es parte del antiguo camino de Chasna, que cruzaba de N a S. la isla.

Vamos llaneando, por este particular suelo volcánico. Vamos a cruzar una pista de tierra, que ignoramos, continuando por el sendero que empieza a coger altura.

Como en todo parque nacional, el sendero no tiene pérdida. Solo las revueltas que nos ayudan a ganar altura, y el notar la altitud tras estar en la playa los días pasados se hacen notar un poco.

Eso sí, solo con ver las Cañadas del Teide ya ha merecido la pena venir. Es como estar en la Luna (casi literalmente, pues en el alto al que nos dirigimos se instalaron a finales del XIX  principios del XX instalaciones astronómicas que dieron nombres de esta zona a regiones de la Luna).

Hemos ido subiendo hacia un collado, aquí llamados “degolladas”, que al llegar nos va a llevar hacia otro. El camino no tiene pérdida, eso sí, esta zona es más dura, exige caminar con calma salvando el desnivel rocoso, y pasando por una zona un poco más expuesta, que es la parte más bonita del recorrido:

Lástima no acordarme del nombre de esta degollada, donde aún hay algún pino canario (que se diferencia porque tiene 3 acículas en vez de 2).

Y ya tenemos la montaña más cerquita:

Hay que decir que en un momento cambiamos del sendero nº5 al 15, que es el que nos asciende al pico. No hay pérdida, y aunque pasamos por alguna zona de desprendimientos, no se complica en exceso.

Y además, las vistas merecen la pena:

A partir de aquí el sendero se suaviza, y nos va llevando en un suave ascenso casi hasta la cumbre. Es curioso ver como a cada cambio de vertiente el paisaje cambia constantemente de color, de forma…fascinante y con el Teide al fondo, que nos da rabia porque tendríamos que estar bajando de allí a esas horas…

En unos minutos bajamos a la llana cumbre, desde las que tenemos unas vistas…que vaya vistas!

De izquierda a derecha tenemos el Pico Viejo, el omnipresente Teide y la Montaña Blanca.

Desde allí descendemos un poco y en vez de bajar por el mismo lado, cogemos el sendero en dirección a la degollada de Guajara, que nos enlazará con los senderos 5 y luego de nuevo con el 4 para hacer así circular la ruta:

No llegamos a tener mar de nubes, aunque sí niebla que no llega a traspasar nuestra vertiente. Eso hace el sendero más entretenido, pues esta parte es más sencilla y sube más gente.

El Teide siempre lo tenemos presente. Una cosa que nos llama la atención es que no se observan apenas aves e insectos, imaginamos que por lo extremo del lugar y la altitud.

Aún así es una pena no habernos interesado más en la flora y fauna de la zona. Nos queda pendiente.

Una vez de regreso al parador nos acercamos a ver los famosos Roques de García de los billetes de mil pelas…

Y a despedirnos hasta la próxima ocasión.

Reseña de “Al filo de la escalada, memorias de un alpinista”, de César Pérez de Tudela.

Es complicado reseñar un libro de alguien que no te cae bien. Pero es algo aún más difícil reseñarlo cuando anteriormente a leerle te era un completo desconocido.

Por mucho que Pérez de Tudela haya sido pionero del alpinismo español, cara mediática y reconocida no solo por sus escaladas, el hecho de que yo no sea un lector habitual de literatura de montaña y el haber estado alejado de la mitología de las grandes cumbres explican este hecho.

No me cae bien por su pasado (ex-policía de Franco, simpatías hacia el falangismo), así como no puedo simpatizar con varias de las ideas machistas y etnocéntricas que expresa en el libro.

Y desconocido, cayó este libro en mis manos de casualidad; estaba en la biblioteca pública que frecuento.

Al pensar en su lectura, puedo decir que me haya agradado en exceso. La edición es mala, con muchas erratas, lo cual no ayuda, la prosa, que tiene bastante chispa y te mantiene enganchado a la lectura, a veces es sin embargo repetitiva y poco clara.

Y aún así, os recomiendo su lectura. ¿Y porqué?

Pues porque para empezar, el no simpatizar con una figura no es motivo para obviar su existencia, sus aportaciones y sus análisis. Y en este caso, Pérez de Tudela es como hemos dicho, precursor y figura fundamental del alpinismo ibérico, que en años posteriores ya sabemos las cotas que ha alcanzado. Aunque es verdad que ese ser “figura fundamental” acaba viéndose en el ego que exhala el libro, eso consigue darle un toque personal muy peculiar e interesante, así como sus polémicas varias en este mundillo.

Por otro lado, consigue mantenernos en vilo en gran parte de sus relatos. Muy interesantes resultan sus relatos de ascensiones y escaladas en lugares cercanos, que todos conocemos, como La Pedriza, Gredos, Montserrat o los Picos de Europa.

Pero también el recorrido por todo el mundo, desde cumbre míticas como el Everest, el Aconcagua o el Annapurna, como sobre todo algunas desconocidas y fuera del circuito habitual, situadas en lugares como Filipinas, el África negra o Sudamérica. Para mí eso tiene un valor importante, ya que contrapone la idea de conocer lo desconocido (con ese eurocentrismo que he comentado antes, pero bueno) por encima de las altitudes, las marcas, las prisas…que caracterizan el montañismo moderno.

Quizás lo más interesante de todo, en la parte teórica, sean sus planteamientos en temas polémicos y objeto de debate: el tema de los rescates en montaña, la idea filosófica unida al montañismo o el uso de guías, porteadores nativos, campamentos equipados o la financiación.

En todo caso un libro ameno, con sus fallos, que para alguien que sea amante de la montaña y maneje las claves básicas del mundo del alpinismo le va a resultar interesante por las posturas que plantea.

Y que como debe ser, te pica la curiosidad por ciertas montañas; que para mí es el objetivo fundamental en los libros de esta temática.

 

Vuelta a la media montaña. El Almojón (1178 msnm) desde la ermita de Navahonda (Robledo de Chavela).

La previsión esta semana era muy mala, así que como no queríamos quedarnos en casa, decidimos acercarnos a una de esas zonas casi desconocidas para muchos montañeros: la zona Oeste del Guadarrama, a sus últimas estribaciones.

Ya habíamos estado en esta zona, recorriendo otra parte del cordal, y hoy volvimos porque la verdad, nos encantó este terreno agreste, poco transitado.

Salimos desde la ermita de Navahonda, por el GR-10 que va hacia el pueblo de Robledo de Chavela, por un camino suave pero incómodo de caminar (era peor para las bicis que nos cruzamos, porque caminantes solo estábamos nosotras).

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El día está mejor de lo que pensamos. No llueve y hay algo de niebla, el problema es que veníamos preparadas para pasar más frío y nos estamos asando en el camino que lleva hacia el collado de Navahonda.

Llegando al collado, a 10326 msnm, podemos observar las cumbres a las que nos dirigimos: en primer término el alto de Navahonda, a poco más de 1140 msnm, y más atrás debe estar el Almojón.

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En el cruce de caminos que es el collado, si seguimos recto continuaremos el GR-10. A nuestra izquierda se abre el camino que va hacia Almenara, y a nuestra derecha está la puerta de un coto de caza que debemos cruzar para seguir nuestro camino. Este está muy poco marcado, siendo la mayoría del tiempo caminos de jabalí, del que hay innumerables fozadas, o lo que llevan a puestos de cazadores (sabremos donde están sus huecos porque son incapaces de llevarse los cartuchos, deben pesar demasiado).

Así, buscando la máxima pendiente y entre la niebla, iremos llegando al Alto de Navahonda y las cumbres siguientes, todo enriscándonos y con una visión muy limitada del Almenara,

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Y de las cumbres del fondo, en las que se ve Gredos nevado (no sé si en la foto, nosotras luego lo vimos más claro).

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La niebla, que al principio nos envuelve, aclara y nos deja ir siguiendo las trazas. Vamos buscando, entre las línea de cumbres y los pasos más cómodos, la dirección correcta, ayudadas a veces por algún hito.

Al menos ahora tenemos, a la izquierda, nuestro objetivo:

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Con el espectáculo de que según vamos llegando, decenas de buitres leonados están volando sobre nuestras cabezas, muy muy cerca. Dejamos de hablar para, en el mayor silencio posible, no molestarles, y llegamos a la cumbre con algún paso en el que hay que trepar.

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Para volver, lo conseguimos hacer circular al llegar al collado anterior a nuestra última subida y buscando un sendero a nuestra derecha que nos enlazará con el GR.

El paseo es corto, unas 4 horas, pero el recorrido es como decimos entretenido, con caminos muy poco marcados, alguna trepada y el espectáculo de una zona muy húmeda, con una vegetación mediterránea riquísima (no parece Madrid, desde luego) y una fauna variada también.

Y encima, en soledad.