Entre la Sagra y las Vegas: Cerros del sur de Madrid.

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Ya sé que no vivo en un lugar de gran belleza natural y que además está naturaleza está degradada por la mano del hombre.

Aún así, me gusta conocer el entorno cercano; sus paisajes, sus antiguos modos de vida y su belleza oculta.

Es por esto que esta vuelta por los límites entre la Sagra madrileña y la comarca de Las Vegas (aunque haya cierto debate sobre la denominación de las comarcas de lo que hoy es la comunidad de Madrid, pienso que es una buena manera de nombrar por un lado la zona de Pinto, Parla, Valdemoro, etc. y por otra el sureste de la comunidad, regado por los ríos Tajo, Tajuña y Jarama) me gusta bastante: pudiendo salir de cerca de mi casa, recorriendo caminos desconocidos para la mayoría de los habitantes de la zona y que nos llevan a años pasados, una época en la que la agricultura, y más aún la ganadería modelaban la vida y el paisaje.

Momentos en los que no eran las carreteras, las obras faraónicas y los polígonos industriales la enorme mancha informe que son hoy.

Un lugar más duro que bonito, pero en el que se podían -y se pueden encontrar aún hoy- ejemplos de flora y de fauna adaptados a la zona que les tocó vivir, algo de lo que bien podíamos aprender los seres humanos.

Como yo ya había realizado esta ruta, señalizada como ruta de los Cerros, en este caso elijo no hacerla circular, realizando solo los dos primeros tramos marcados en la web de vías pecuarias 

Salimos de la estación de tren de Valdemoro, y al final del paseo del Prado cogemos la Vereda de San Martín, evidente camino que antiguamente comunicaba Valdemoro con San Martín de la Vega, y que deja a la derecha la vallada la finca de El Espartal. Tendremos esta valla al lado todo el camino, la cual nos orienta (hay que decir que también está bien señalizado con las marcas de vía pecuaria).

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A mí este tramo es el que más me gusta, un suave subeybaja con multitud de cerros yesíferos y algún pino plantado que acompaña al esparto y a los antiguos olivares y campos de secano sin labrar.

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Solo nos cruzamos con algún corredor y muchos ciclistas, lo cual contrasta sin duda con la imagen que debían tener estos campos hace solo unas décadas.

Los suelos yesíferos no son desde luego buenos para el cultivo, aún así el cereal, el olivo y la vid -hasta la plaga de filoxera del S. XIX- se cultivaban hasta en los cerros, donde doy fe de que en invierno el frío y el invierno hacen de las suyas. Y en su momento, la nieve también.

Cerca ya de San Martín de la Vega, y sin cruzar el puente de la carretera que nos llevaría a la población (como hicimos la anterior vez), cogemos a la derecha la Vereda Larga de los Cerros, que nos llevará a Ciempozuelos.

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Seguimos teniendo la valla de la finca a la derecha, y a la izquierda, la vega del Jarama. En este tramo llano, solo los olivares rompen cierta monotonía, ya que del río solo se divisa cierta vegetación de ribera.

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Al llegar a Ciempozuelos, en vez de coger otro camino que nos encaminaría a Valdemoro, entramos en el pueblo y vamos hacia el tren que nos llevará a casa tras 11 kms. de caminata.

Línea de tren que entró en funcionamiento en España, en 1851, y que nos ayudó a transportarnos hoy no solo en el espacio, si no también, un poquito, en el tiempo.

 

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