Reseña de “Citius, altius, fortius. El libro negro del deporte”, de Federico Corriente y Jorge Montero.

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“Los deportes reproducen las principales características de la organización industrial moderna: reglamentación, especialización, competitividad y maximización del rendimiento. Tanto los sistemas de entrenamiento como las reglas y el instrumental tienen en común la impresión de objetividad que se desprende de ellos y el fetichismo productivo que los impregna. Lo que produce el deporte y la educación física son fundamentalmente rendimientos y récords, es decir, datos computables, cosas, no relaciones entre personas”.

El deporte es algo que siempre me ha gustado. Tanto en abstracto como en lo concreto, sobre todo estos últimos años.

Y, para cualquier persona que sea crítica con las actuales formas de (no) vida, el análisis racional de este fenómeno global es parte fundamental de esa crítica.

Hasta el momento, ni yo a nivel personal lo había hecho ni dentro de los ambientes políticos radicales existe esa crítica más allá de cuatro pinceladas acerca de las formas más deleznables de este: el dopaje, el machismo, la presencia neonazi en algunos de ellos o la mercantilización del mismo. Nada que merezca le pena subrayar, nada que profundice en el deporte como producto en sí mismo.

Por eso es de agradecer este libro, editado por Pepitas de Calabaza. Porque pone precisamente el acento del deporte como producto de un sistema político y económico concreto, lo que permite analizar sus fines, su utilización y sus mecanismos.

Partiendo del recorrido histórico del juego (y de la separación aristocrática que llevaría posteriormente a convertirlo en deporte) y del concepto de lo físico  a lo largo de la historia, vamos viendo la expropiación cometida sobre lo lúdico por parte de las clases dominantes.

“En tales encuentros no estaba excluida la participación de niños, mujeres, ancianos ni espectadores, ni que los jugadores cambiasen de bando a su capricho. El terreno de juego carecía de límites precisos, no había árbitros ni tiempo de descanso y los encuentros no tenían una duración determinada, por lo que a menudo podían prolongarse durante toda una jornada. Al final del partido, lo que mayor satisfacción proporcionaba no era la obtención de la victoria, el premio o una posible ganancia, sino la diversión y el placer que suscitaba el propio juego”.

Sin embargo, el deporte organizado tal como lo conocemos hoy es un producto más del capitalismo en el S.XIX., de donde toma su esencia, su forma de funcionar y sus objetivos.

Por tanto, a través de las páginas del libro van apareciendo, a modo de recorrido histórico, la manera en la que los juegos populares son criminalizados y extirpados del cuerpo social para favorecer la implantación del trabajo asalariado y su sustitución por otras formas de “lo físico” en los países occidentales, la procedencia del deporte “amateur” o como se desarrolla el deporte de masas, y como summum de todo el mundo moderno,  el Olimpismo y la ideología subyacente en él, derivada del racismo y militarismo de su creador, Coubertin.

“Incluso entre quienes son conscientes de las fatales consecuencias del desarrollo del deporte, predomina la tendencia a separar el deporte “profesional” del deporte “amateur” para salvar el deporte en tanto método pedagógico. En lugar de considerarlo como un modelo de valores institucionalizado y un producto histórico concreto que, en su forma originaria, corresponde a la ideología del capitalismo liberal, proclama que el deporte es una proyección idealizada de valores humanos universales y, por consiguiente que se trata del desafío “humanista” supremo. De ese modo se aproximan al punto de vista de Coubertin, Baillet-Latour, Diem, Brundage y otros fervientes defensores del “deporte amateur” -los ideólogos más militantes y reaccionarios del capitalismo- para los que el significado pedagógico principal del deporte residfía en su valor “moral” (L. Simonovic, D. Simonovic).

No solo eso, avanzando en el tiempo realizan un análisis del deporte en los regímenes totalitarios; en esa misma época tenemos el ya olvidado “deporte obrero”, falsa crítica al concepto busrgués de deporte (más de uno recordará las cacareadas Olimpidas populares de Barcelona en 1936, que eran tamién derivadas de los intentos izquierdistas de catalizar a las masas).

Más adelante, vemos las diferentes tomas de posición del movimiento olímpico en política internacional o también como el deporte se asocia claramente con la política, bien para mantener status preexistentes, bien para fortalecer otros recién creados.

También se analiza el deporte en tanto filosofía: su ética, sus enseñanzas o su finalidad como formación de las personas, de las masas, de encauzamiento nacional.

“Digámoslo con toda claridad: los deportes competitivos organizados no contribuyen a formar el carácter. Al contrario, tras presenciarlos a menudo y haber participado en ellos de sobra, estoy convencido de que lo cierto es lo opuesto. Tan lejos están de formar el carácter que, en mi opinión, la participación continua y excesiva en el deporte competitivo tiende a destruirlo. Bajo la tremenda presión de la lucha por la victoria a toda costa, salen a la superficie y se consolidan todo tipo de rasgos desagradables. Con mucha frecuencia lo que desarrolla es el lado peor del jugador, cuyo autodominio se quiebra mucho más de lo que se fortalece” (John R. Tunis).

Y entonces, ¿qué solución podemos ofrecer? Agotada por insuficiente y parcial la posibilidad de reforma, y visto como el deporte es producto y a la vez parte fundamental de una sociedad podrida que no puede ser reformada, no puede ser objeto de una crítica parcial, sino que solo su destrucción como parte de este viejo mundo es el destino que cabría esperarle.

“Creer, por otra parte, que el deporte podría reformarse o abolirse en el marco de unas relaciones sociales que reducen al ser humano a la condición de espectador pasivo de juegos cuyo sentido se le escapa y en los que sus potencias enajenadas cobran vida propia, es ignorar que las pautas de su evolución se mueven dentro de los estrechos límites definidos por una sociedad que, tras perseguir y reprimir los impulsos lúdicos durante su fase de gestación, encontró en el deporte el medio por excelencia para canalizarlos, pervertirlos y explotarlos. De ahí que solo quepa postular su abolición conjunta, en el marco de un proceso de transformación de las condiciones sociales de existencia de la humanidad entera. Dicho esto, no dudamos de que una cultura lúdica emancipada del fetichismo de la competición y del principio de maximixación del rendimiento cuantificable pueda rescatar para disfrute propio muchos elementos de los deportes actuales”.

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