Sierra de Ayllón: Pico del Lobo (2274 msnm) y Alto de las Mesas (2257 msnm) desde La Pinilla.

Nos encaminamos en este caso a la casi desconocida para nosotras Sierra de Ayllón, a subir en buena compañía el Pico del Lobo, cumbre de la zona.

Desconocida Sierra de Ayllón porque nos pilla un poco lejos, no por falta de ganas. Ya que esta ruta no la montamos nosotros, somos guiados por un día, que tampoco está mal.

Salimos desde la estación de esquí de la Pinilla, situada en la parte segoviana del macizo:

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Desde el comienzo observamos dos cosas: el perfil alpino de la zona y el destrozo ecológico de la estación de esquí (un mostrenco horrible, con construcción en la cumbre del Pico del Lobo incluida, que parece ser que aún iba a ser más mastodóntica hasta que las leyes de la economía la dejaron como está, paraíso más del ciclismo extremo que del esquí).

No solo la estación de esquí en esta vertiente, en la parte de Guadalajara estaba prevista la instalación de una base militar. Finalmente, se crea la Reserva Natural del Macizo del Lobo-Cebollera, incluida en el Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara, lo que salva esta zona de grandísima riqueza natural de la destrucción sufrida en la vertiente castellanoleonesa.

Continuamos pues por una pista entre pinares bastante evidente que sale de entre las urbanizaciones de la estación de esquí. Al poco se pasa por una canalización de agua y la pista va realizando unas zetas con alguna pendiente bastante pronunciada:

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Poco a poco vamos saliendo del pinar, donde como digo están las pendientes más pronunciadas, aunque sin ser nada del otro mundo.

Entre la vegetación que se empieza a aclarar comenzamos a ver la línea de cumbres.

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Llegamos al collado del Aventadero, ya en el límite de los 2000 metros de altitud, y con unas vistas que nos animan bastante.

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Y seguimos subiendo en dirección a Las Peñuelas. En este tramo existe una zona de la pista que con hielo es bastante peligrosa y obligaría a llevar crampones.

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Obligaría, porque a pesar de que estamos casi en navidad, el día de sol y las altas temperaturas de estos días pasados hacen que solo existan algunas pequeñas placas de hielo. Luego el cambio climático será mentira, en fin.

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Tras llegar al pequeño collado que da a Las Peñuelas (en torno a los 2200 metros de altitud) ya tenemos a la vista el Lobo con su característica construcción semiderruida en la cumbre.

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Solo nos queda continuar la pista hasta la cima para los bocatas, el té y las fotos de rigor.

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Como es la primera vez que estoy aquí, no me sitúo muy bien y no reconozco muchas de las cumbres.

Pero aparte de la Sierra del Rincón y de gran parte de la Sierra de Guadarrama, de la de la Cabrera (por sus características formas), Peñalara…

Y el Cebollera Vieja o Tres Provincias (por lindar con Madrid, Guadalajara y Segovia), que forma parte del mismo cordal y que lo tenemos delante, junto al Alto de las Mesas y el Cervunal.

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…tenemos el Ocejón, todo el Ayllón en su vertiente de Guadalajara, vacío de gente y precioso, y hasta se vislumbra el Moncayo.

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Como el día se empieza a nublar y Maldonado daba hasta nieve en un rato, seguimos nuestro camino.

En vez de descender por el mismo lado, continuamos la senda que va en dirección a Las Mesas (2257 msnm), que aprovechamos para coronar también.

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Y de ahí, a asomarnos por la impresionante canal de Las Mesas, que como siga así el año quedará de piedra…

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Y continuar la senda que nos enlazará con las pistas de esquí, en las que realizamos un rápido descenso hacia un bar llamado Mont Blanc…tras unos 10 kms. de recorrido y unos 850 metros de desnivel acumulado positivo.

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Pico de la Pala (1542 msnm) y Pico Perdiguera (1886 msnm) desde Miraflores de la Sierra.

Volvemos con una de esas cumbres secundarias del universo Guadarrama. Cumbres que, debido a su falta de altitud y a su falta de dificultad técnica, pasan desapercibidas -y que así sigan-.

Lo bueno de estos sitios es que aparte de la soledad del caminar te permite tener una vista diferente de la Sierra, por decirlo de alguna manera, desde abajo, teniendo las mayores alturas al alcance de la mano y bajo un prisma distinto.

Y si además de ello el clima nos regala un día como el de ayer, húmedo tras la lluvia, con niebla que luego se levanta y que acompaña diferentes ecosistemas en una caminata tan corta como esta…perfecto.

Salgo de la misma plaza del ayuntamiento de Miraflores de la Sierra tras 2 horas de transporte público y antes de que amanezca del todo. Este pueblo, pionero del turismo a finales del S.XIX, sería mucho más bonito de lo que es si el urbanismo colonizador hubiera conocido la palabra respeto. Aún así, sobre todo la parte vieja tiene bastante encanto.

Seguimos por la calle Parque de la Fuente del Pino hasta que cogemos la segunda a la derecha -Travesía del Cabezuelo-. El sendero en su primer tramo, hasta el Pico de la Pala está perfectamente señalizado como SL-1 (marcas blancas y verdes), y nos lleva en un trayecto corto entre pinar y algo de roble hasta el depósito municipal de agua de Fuente del Carro.20151215_082952

El día está de niebla, de mucha niebla. De hecho, con la presencia de roble, las praderías verdes (llovió la noche anterior después de un otoño más que seco) y la ausencia de ruidos por esa misma niebla, ensoñamos con que estamos en el Cantábrico.

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Pasamos varias portillas para el ganado y a mano izquierda, siguiendo siempre el SL-1 cogemos otro que pica, y mucho, hacia arriba, hasta que nos lleva envueltos cada vez más en la niebla hasta el Pico de la Pala (1542 msnm).

El pico en sí no tiene nada de especial, pero esto de ir de monte entre semana, completamente solo y en este ambiente es algo que echaba de menos en el Guadarrama.

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Una vez aquí tenemos la opción de hacer el sendero circular y descender desde el mismo pico de la Pala hacia el pueblo por el SL-1. Yo sigo el sendero que llevo hasta el momento, continuando dirección N por el cordal que nos llevará hacia el Perdiguera.

Y de repente, la niebla empieza a desaparecer:

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Hacía tiempo que no tenía esa visión de mar de nubes aquí, y la sensación de euforia es lo que más lo describe. La Najarra parece estar al alcance de la mano (sin nieve a estas alturas del año, eso sí), e incluso a tramos se ven las zonas más altas de La Pedriza.

Continúo por el cordal, a tramos es bastante fácil, en falso llano, y en otras el sendero se empina. No es un tramo largo, aunque no sé cuanto queda para el pico.

No sé si se verá, pero llegando a un pequeño collado me observan unas cincuenta cabras montesas:

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Para poco a poco, llegar a la cumbre del Perdiguera (1886 msnm). La cumbre forma parte de la Sierra de La Morcuera, que une Cuerdalarga con la Sierra de La Cabrera, y aunque en sí no es bonita debido a que hay una antena de telecomunicaciones, nos ofrece unas panorámicas increíbles debido a que tenemos ese mar de nubes en todo Madrid que solo permite asomarse a las cumbres más altas:

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La Najarra en primer término con toda la Cuerdalarga, y cerca Peñalara (si continuásemos la vista vemos todos los Montes Carpetanos hasta Somosierra. Luego parece que se ve la Sierra de Ayllón, y más al sur la del Rincón y la zona de Buitrago).

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Si miramos hacia el otro lado, vemos la Sierra de La Morcuera con el Mondalindo como pico más conocido.

Y seguramente muchos más picos y sierras que desconozco. Si hay algo que me gusta, aparte de la niebla, es el mar de nubes…y lo echaba de menos hasta hoy.

Al poco inicio el descenso, hasta el pico de La Pala es de ida y vuelta; al llegar allí otra vez entre niebla, bajo por la ladera opuesta guiado por el SL-1 (no todo, pues no podría olvidar perder el sendero y acabar llegando a Miraflores un poco a mi bola).

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En total, son 10 kms. con 754 metros de desnivel acumulado positivo. Y con un buen muestrario de bosque de pino y robledal compartido con pradería en la parte más baja, para ir ascendiendo y dejar paso al enebro rastrero y al piornal arriba del todo, donde hay alguna ladera alpina. Una buena mezcla, ¿no?

Pero más que eso, es la sensación de estar en la montaña, da igual que sea alta o baja.

Y a continuar el día visitando con pobladoras autóctonas el bonito robledal del pueblo, que espero que sea respetado.

Entre la Sagra y las Vegas: Cerros del sur de Madrid.

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Ya sé que no vivo en un lugar de gran belleza natural y que además está naturaleza está degradada por la mano del hombre.

Aún así, me gusta conocer el entorno cercano; sus paisajes, sus antiguos modos de vida y su belleza oculta.

Es por esto que esta vuelta por los límites entre la Sagra madrileña y la comarca de Las Vegas (aunque haya cierto debate sobre la denominación de las comarcas de lo que hoy es la comunidad de Madrid, pienso que es una buena manera de nombrar por un lado la zona de Pinto, Parla, Valdemoro, etc. y por otra el sureste de la comunidad, regado por los ríos Tajo, Tajuña y Jarama) me gusta bastante: pudiendo salir de cerca de mi casa, recorriendo caminos desconocidos para la mayoría de los habitantes de la zona y que nos llevan a años pasados, una época en la que la agricultura, y más aún la ganadería modelaban la vida y el paisaje.

Momentos en los que no eran las carreteras, las obras faraónicas y los polígonos industriales la enorme mancha informe que son hoy.

Un lugar más duro que bonito, pero en el que se podían -y se pueden encontrar aún hoy- ejemplos de flora y de fauna adaptados a la zona que les tocó vivir, algo de lo que bien podíamos aprender los seres humanos.

Como yo ya había realizado esta ruta, señalizada como ruta de los Cerros, en este caso elijo no hacerla circular, realizando solo los dos primeros tramos marcados en la web de vías pecuarias 

Salimos de la estación de tren de Valdemoro, y al final del paseo del Prado cogemos la Vereda de San Martín, evidente camino que antiguamente comunicaba Valdemoro con San Martín de la Vega, y que deja a la derecha la vallada la finca de El Espartal. Tendremos esta valla al lado todo el camino, la cual nos orienta (hay que decir que también está bien señalizado con las marcas de vía pecuaria).

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A mí este tramo es el que más me gusta, un suave subeybaja con multitud de cerros yesíferos y algún pino plantado que acompaña al esparto y a los antiguos olivares y campos de secano sin labrar.

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Solo nos cruzamos con algún corredor y muchos ciclistas, lo cual contrasta sin duda con la imagen que debían tener estos campos hace solo unas décadas.

Los suelos yesíferos no son desde luego buenos para el cultivo, aún así el cereal, el olivo y la vid -hasta la plaga de filoxera del S. XIX- se cultivaban hasta en los cerros, donde doy fe de que en invierno el frío y el invierno hacen de las suyas. Y en su momento, la nieve también.

Cerca ya de San Martín de la Vega, y sin cruzar el puente de la carretera que nos llevaría a la población (como hicimos la anterior vez), cogemos a la derecha la Vereda Larga de los Cerros, que nos llevará a Ciempozuelos.

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Seguimos teniendo la valla de la finca a la derecha, y a la izquierda, la vega del Jarama. En este tramo llano, solo los olivares rompen cierta monotonía, ya que del río solo se divisa cierta vegetación de ribera.

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Al llegar a Ciempozuelos, en vez de coger otro camino que nos encaminaría a Valdemoro, entramos en el pueblo y vamos hacia el tren que nos llevará a casa tras 11 kms. de caminata.

Línea de tren que entró en funcionamiento en España, en 1851, y que nos ayudó a transportarnos hoy no solo en el espacio, si no también, un poquito, en el tiempo.

 

Reseña de “Citius, altius, fortius. El libro negro del deporte”, de Federico Corriente y Jorge Montero.

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“Los deportes reproducen las principales características de la organización industrial moderna: reglamentación, especialización, competitividad y maximización del rendimiento. Tanto los sistemas de entrenamiento como las reglas y el instrumental tienen en común la impresión de objetividad que se desprende de ellos y el fetichismo productivo que los impregna. Lo que produce el deporte y la educación física son fundamentalmente rendimientos y récords, es decir, datos computables, cosas, no relaciones entre personas”.

El deporte es algo que siempre me ha gustado. Tanto en abstracto como en lo concreto, sobre todo estos últimos años.

Y, para cualquier persona que sea crítica con las actuales formas de (no) vida, el análisis racional de este fenómeno global es parte fundamental de esa crítica.

Hasta el momento, ni yo a nivel personal lo había hecho ni dentro de los ambientes políticos radicales existe esa crítica más allá de cuatro pinceladas acerca de las formas más deleznables de este: el dopaje, el machismo, la presencia neonazi en algunos de ellos o la mercantilización del mismo. Nada que merezca le pena subrayar, nada que profundice en el deporte como producto en sí mismo.

Por eso es de agradecer este libro, editado por Pepitas de Calabaza. Porque pone precisamente el acento del deporte como producto de un sistema político y económico concreto, lo que permite analizar sus fines, su utilización y sus mecanismos.

Partiendo del recorrido histórico del juego (y de la separación aristocrática que llevaría posteriormente a convertirlo en deporte) y del concepto de lo físico  a lo largo de la historia, vamos viendo la expropiación cometida sobre lo lúdico por parte de las clases dominantes.

“En tales encuentros no estaba excluida la participación de niños, mujeres, ancianos ni espectadores, ni que los jugadores cambiasen de bando a su capricho. El terreno de juego carecía de límites precisos, no había árbitros ni tiempo de descanso y los encuentros no tenían una duración determinada, por lo que a menudo podían prolongarse durante toda una jornada. Al final del partido, lo que mayor satisfacción proporcionaba no era la obtención de la victoria, el premio o una posible ganancia, sino la diversión y el placer que suscitaba el propio juego”.

Sin embargo, el deporte organizado tal como lo conocemos hoy es un producto más del capitalismo en el S.XIX., de donde toma su esencia, su forma de funcionar y sus objetivos.

Por tanto, a través de las páginas del libro van apareciendo, a modo de recorrido histórico, la manera en la que los juegos populares son criminalizados y extirpados del cuerpo social para favorecer la implantación del trabajo asalariado y su sustitución por otras formas de “lo físico” en los países occidentales, la procedencia del deporte “amateur” o como se desarrolla el deporte de masas, y como summum de todo el mundo moderno,  el Olimpismo y la ideología subyacente en él, derivada del racismo y militarismo de su creador, Coubertin.

“Incluso entre quienes son conscientes de las fatales consecuencias del desarrollo del deporte, predomina la tendencia a separar el deporte “profesional” del deporte “amateur” para salvar el deporte en tanto método pedagógico. En lugar de considerarlo como un modelo de valores institucionalizado y un producto histórico concreto que, en su forma originaria, corresponde a la ideología del capitalismo liberal, proclama que el deporte es una proyección idealizada de valores humanos universales y, por consiguiente que se trata del desafío “humanista” supremo. De ese modo se aproximan al punto de vista de Coubertin, Baillet-Latour, Diem, Brundage y otros fervientes defensores del “deporte amateur” -los ideólogos más militantes y reaccionarios del capitalismo- para los que el significado pedagógico principal del deporte residfía en su valor “moral” (L. Simonovic, D. Simonovic).

No solo eso, avanzando en el tiempo realizan un análisis del deporte en los regímenes totalitarios; en esa misma época tenemos el ya olvidado “deporte obrero”, falsa crítica al concepto busrgués de deporte (más de uno recordará las cacareadas Olimpidas populares de Barcelona en 1936, que eran tamién derivadas de los intentos izquierdistas de catalizar a las masas).

Más adelante, vemos las diferentes tomas de posición del movimiento olímpico en política internacional o también como el deporte se asocia claramente con la política, bien para mantener status preexistentes, bien para fortalecer otros recién creados.

También se analiza el deporte en tanto filosofía: su ética, sus enseñanzas o su finalidad como formación de las personas, de las masas, de encauzamiento nacional.

“Digámoslo con toda claridad: los deportes competitivos organizados no contribuyen a formar el carácter. Al contrario, tras presenciarlos a menudo y haber participado en ellos de sobra, estoy convencido de que lo cierto es lo opuesto. Tan lejos están de formar el carácter que, en mi opinión, la participación continua y excesiva en el deporte competitivo tiende a destruirlo. Bajo la tremenda presión de la lucha por la victoria a toda costa, salen a la superficie y se consolidan todo tipo de rasgos desagradables. Con mucha frecuencia lo que desarrolla es el lado peor del jugador, cuyo autodominio se quiebra mucho más de lo que se fortalece” (John R. Tunis).

Y entonces, ¿qué solución podemos ofrecer? Agotada por insuficiente y parcial la posibilidad de reforma, y visto como el deporte es producto y a la vez parte fundamental de una sociedad podrida que no puede ser reformada, no puede ser objeto de una crítica parcial, sino que solo su destrucción como parte de este viejo mundo es el destino que cabría esperarle.

“Creer, por otra parte, que el deporte podría reformarse o abolirse en el marco de unas relaciones sociales que reducen al ser humano a la condición de espectador pasivo de juegos cuyo sentido se le escapa y en los que sus potencias enajenadas cobran vida propia, es ignorar que las pautas de su evolución se mueven dentro de los estrechos límites definidos por una sociedad que, tras perseguir y reprimir los impulsos lúdicos durante su fase de gestación, encontró en el deporte el medio por excelencia para canalizarlos, pervertirlos y explotarlos. De ahí que solo quepa postular su abolición conjunta, en el marco de un proceso de transformación de las condiciones sociales de existencia de la humanidad entera. Dicho esto, no dudamos de que una cultura lúdica emancipada del fetichismo de la competición y del principio de maximixación del rendimiento cuantificable pueda rescatar para disfrute propio muchos elementos de los deportes actuales”.