Carros de foc, peripecias en el País del águila con bigotes.

Tenemos aquí la segunda colaboración externa a este blog. En este caso, el compañero de Natursierra nos narra su aventura en Carros de Foc. Carros de Fuego es una ruta circular de senderismo, de 56 km y casi 9.000 metros de desnivel acumulado (sumando el positivo y el negativo), que une los nueve refugios guardados del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Las altitudes de la ruta oscilan entre los 1.900 y los 2.800 metros.

La travesía fue creada oficialmente el año 1999, aunque la idea original surgió en 1987. En el verano de este último año algunos guardas de los refugios realizaron una ruta a pie entre los nueve refugios del Parque en menos de 24 horas, y uno de ellos bautizó esta travesía con el nombre de “Carros de Foc”.

Aunque no pudo realizar el recorrido entero, para eso están las montañas, para dar vueltas y revueltas, para aprender, para perderse, para cambiar el itinerario previsto. 

Aquí os dejo con su aventura, no contéis con que las fotos están ordenadas, seguid leyendo y disfrutad de las vistas…

El Camino de los Dioses

Peripecias en el País del águila con bigotes.

Miércoles 10 de junio de 2015.

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Todo camino iniciático comienza por la redención, por la asunción de la nueva situación del neófito y entonces sí, estás preparado para adentrarte en las fauces verdes de la floresta que te regurgitan para ser purificado por las aguas, que te hacen merecedor de emprender este camino de perfección y conocimiento. ¡Y vaya si nos llovió! La mañana amaneció fea, con nubarrones que se deshilachaban por su paso entre los picos que nos recibieron en el aparcamiento de Espot. El camino a orillas del Escrita se antojaba delicioso y misterioso, cada vez que el murmullo del agua quedaba en sordina por la oscuridad del abetal que poco a poco, como en un cuento de los hermanos Grimm, nos llevó a la casita del Bosque (refugio de Ernest Mallafré, 1.833 m.). Un anciano jovial, nos alertó de los peligros, de las normas y de los misterios de este camino que acabábamos de emprender, mientras mojábamos galletas María en un café con leche y de nuestra ropa, comenzaban a brotar nieblas mañaneras.

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A medida que el camino ascendía, el bosque retrocedía y solo parecía un espejismo reflejado en las brumosas aguas del Estany de Sant Maurici. Un poco más arriba una figura oscura, bajo un árbol, se dibujaba entre la sucesión de uno y otro lago, que apresados por las montañas guardaban en sus entrañas los recuerdos. La ascensión fue pesada, el aire frío no recordaba la fecha veraniega del calendario. El refugio de Amitges (2.366 m.) se mostró acogedor, con el leve crujir de la madera bajo los pies, y el dulce empañado de los vidrios de mis gafas y el olor a café, y a luz amarilla que iluminaba a los jóvenes que estaban tras el mostrador.

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A la salida, el Port de Ratera (2.594 m.) nos esperaba. La nieve no cedía al persistente diálogo del agua y nuestra figura se transformó en un acompañante más de nuestra marcha, pongamos que se llamaba Felipe, que emprendió con nosotros, el camino hacia el interior de uno mismo, hacia los vértigos de nuestras propias montañas.

Como un camino de baldosas blancas, el valle se vaciaba desde la altura hacia el Estanh Obago, en esa sucesión casi sincrética de tres peldaños, de tres estanques, tres viajeros que conducirían al final de nuestra jornada y tras pasar el muro del estany, al refugio de Colomer (2.138 m.), insignificante bajo la enorme mole de su circo.

Éste sería otra prueba, el frío y la humedad no se combaten con el calor de la chimenea, se han de combatir con el calor de la determinación, de reponerse al esfuerzo y de alzarse más allá de las cenizas, más allá de los propios miedos.

Jueves 11 de junio de 2015

A menudo las cosas más insignificantes de tu vida, pueden resultar deliciosamente maravillosas y aparecen cuando tienes realmente los ojos abiertos, y eso precisamente es un rayo de sol. La mañana amaneció exultantemente despejada, de un azul casi impúdico que invitaba a calzarse las botas y abandonar el refugio en el corazón rocoso de Pirene por un pequeño puentecillo destartalado, vencido por el peso de la nieve. El Port de Caldes (2.572 m.) no se muestra abiertamente, sino que se presenta poco a poco, desplegando su larga falda a la vuelta de cada pequeño collado, para finalmente abrirse ante ti con una panorámica sobrecogedora, que extiende ante tus ojos las cumbres como en un lienzo pintado, quiméricas, inalcanzables, insondables… pero tan luminosas que resultan hipnóticas.

Nuestro cicerone, pongamos que se llamaba Felipe, nos dejó en aquellas cimas, deberíamos caminar ahora libres hacia nuestro destino y éste parecía bucólico, entre divertidos regajos de aguas cristalinas, entre ranas bermejas y bellas flores que adornaban nuestro paso hasta el refugio de Ventosa i Calvell (2.215 m.). Hasta las simpáticas marmotas recién llegadas, como aquel que dice, del país vecino, parecían alegrase del nuevo día, soleándose entre los canchos.

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Pero como en todo buen cuento, los giros inesperados son constantes previsibles que te acechan, como nos acechaba la tormenta, tras adentrarnos por el ciclópeo dédalo de peñascos esculpidos por el viejo glacial. Unos riscos no serían ya excusa para no encaramarnos en busca de nuestro destino, un pequeño portillo blanqueado aún por el invierno, al final de la cabecera del valle que comienza con el Estany Negre, mal presagio. Son estos parajes trágicos, atormentados, dónde aparecen encalados por el sol los esqueletos retorcidos de los pinos, supervivientes a los embates de la ventisca y a la violencia de los aludes, los que te hacen ponerte en relación con la naturaleza que te rodea, lejos de nuestras ciudades diseñadas a escala de nuestros propios temores.

La ascensión al Collado de Contraix (2.749 m.) necesitó de sudor y crampones, para salvar el último de los ventisqueros que se precipitaba indolente hacia el vacío de la escollera, bajo el azote del viento y el granizo. Pero coronarlo, más que un consuelo, resultó ser todo lo contrario. Una densa niebla apenas dejaba ver una pequeña peana que se adentraba en una oscuridad blanca, indeterminada, que un soplo de viento terminó por desvelar en un nevero en forma de pala, que precipitaba violentamente hacia un lago de un azul turquesa, inquietante, el Estany de Contraix, orlado por pedrera de canchales rotos y quebrados.

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El descenso fue lento, penoso, adentrándonos en cada uno de los tres purgatorios de cada uno de estos valles, para que las aguas nos purificaran de nuevo en forma de torrencial tormenta. Poco a poco, se dibujaron los bosques en un lienzo a medio poner, entre girones de nubes y picos que adelantaba el rumor del río. Los pinos acercaron nuestros pasos hacia una chimenea que humeaba por encima de las copas oscuras y una luz amarilla que se extiende más allá de una ventana, para saludarte amiga. La puerta del refugio de Estany Llong (1.987 m.) crujió y un golpe de calor, pintó de tranquilidad nuestras caras.

Viernes 12 de Junio de 2015.

No eran siete, ni eran enanitos. Eran vascos y tenían su propia Blancanieves, aunque el más vasco de todos, era de Leganés. Pongamos que se llamaban Manolo, Fernan, Lauri, Tomás y Maitane y hablaban alegremente junto al fuego de una chimenea encendida, entorno a un vaso de vino. Eran filósofos disfrazados con mallas y pantalones térmicos, con la cara curtida y las manos ásperas y callosas de alzarse a los collados y los riscos. Contaron como se cuenta junto al fuego, los logros y las alegrías y los oscuros momentos, agrios, cuando pierdes la huella sobre el nevero y caes sin remedio, asiéndote al piolet como un náufrago a su cuaderna. Y cuando el rescoldo se empeña en sacar los últimos vapores a los calcetines y unos calzoncillos desgastados, aflora la nostalgia de los tiempos pasados, quizás de la juventud que lentamente se disuelve como el azucarillo en el té. Y casi sin querer, miramos al fondo de la taza, creemos ver de nuevo océanos en aquel pocillo de agua sucia, que deja ver el desconchón de la loza.

La mañana amaneció de nuevo exultante y el paseo se inclinó paso a paso, como pidiendo permiso en un jardín de rododendros en flor y pinos de hojas verdes. Un bosque por estrenar, recién lavado, perlado de rocío y flores frescas, listo para mancillarlo con el monótono tintineo de nuestros bastones. Y casi sin querer nuestra mirada se paseó por el balcón que se abre sobre Boi, para ascender por los tres peldaños, por los tres lagos… camino del collado, camino con nuestro destino, llegar a la Colladeta Dellui (2.577 m.).

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Pero bajo la sombra del Pico Dellui (2.802 m.) apareció él, majestuoso, dejándose deslizar por la brisa de la mañana, acicalado de arcilla el plumaje, el gran águila de los bigotes, el quebrantahuesos. E impertérrito, volvió a pasar sobre nuestras cabezas, como sorprendido que aquellos mortales, aquellos, ahora sí, siete enanitos, hubieran osado hollar aquél, su país, el país del águila de los bigotes, aquél que sólo los elegidos, aquellos que son capaces de ver más allá de dónde ven los demás, de vivir allí donde habitan los sueños, están invitados a morar.

Aquel viaje a ninguna parte, aquella carrera al altímetro y al cronómetro, por fin, había cobrado sentido para mí. Tomé una piña caída en el suelo, como emblema de mi encuentro, una piña de escamas de dragón, única como las miles, millones de ellas que cubren el suelo y la guardé en mi bolsillo. Me levanté de un brincó y dije:

– Ya estoy listo, ¿continuamos…?

(Continuará…)

Viernes 12 de Junio de 2015 (II Parte)

El valle que se abre al otro lado del collado de Dellui apareció inusualmente verde, de ese verde mullido que recuerda a las alfombras de lana y que acelera y alegra los pasos por las riberas de los Estanys l’Eixerola, Mariolo o Tort. Son numerosos también los muros de las represas que debemos cruzar, apoyados sobre un cable de acero o las más veces, sin nada. En estos riscos inanimados habitan graciosos los isard o rebecos, desafiantes a las más elementales normas de la gravedad. Se desenvuelven de acá para allá con gráciles piruetas que se antojan imposibles, enmascarados, rematados con aquellos cuernos curvos, ganchudos, nos miran desde las alturas con insolencia, casi con descaro.

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A la revuelta del camino caminamos por las viejas vías de las obras hasta la Portella (2.302 m.) donde el camino se retuerce para adentrarse de nuevo en el gris quebrado de la morrena y el hielo, humanizado por el refugio de Colomina (2.420 m.) que se descuelga prendido únicamente a esta tierra por ristras coloridas de banderolas de oración tibetanas (lungta).

Nunca pensé que unos nubarrones negros y unas cervezas, harían desistir tan fácilmente a un grupo de vascos, pero no hizo falta mucho más para que nuestra Blancanieves y sus cuatro hombretones nos abandonarán por la comodidad del refugio, y no es de reprochar, pues las vistas se me antojaban como un póster pintado de una agencia de viajes.

El miedo a nuevas tormentas y a los oscuros nubarrones, hicieron que pusiéramos los pies en marcha, bordeando la escollera del Estany de Colomina y Mar para perdernos por el minúsculo portillo del Pas del l’Ós (2.542 m.) que se abre a un desolador circo habitado por el Estany de Sanburó. El paso no es más consolador, como un mártir en un anfiteatro romano, te ves en la obligación de encaramarte a los riscos con las manos, trepar para tomar altura, esquivando los últimos neveros de la ladera, camino de la Collada de Capdella (2.668 m.).

Ahora sí, el circo de del Pic Mainera (2.910 m.) se abre sobrecogedor, imponente, reflejándose en el espejo del Estany Gelat que guarda nuestro descenso, lento, cadencioso, vigilado por las marmotas curiosas que nos salen al encuentro y las aguas ahora quietas, ahora bravías, que nos acompañan en nuestro camino. Lejos parecen ya los nubarrones que parecían colarse por el collado de la Peguera (2.845 m.) y poco a poco el canchal áspero se torna verde hierba, y el paso duro y agreste, en mullido y jovial. Poco queda ya para que entre los canchos aparezcan de nuevo los pinos y con ellos los rododendros y un poco más allá, los jardines del paraíso.

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Jardines de flores rosadas, amarillas y azules. Y maderas blanqueadas por el tiempo y gayubas y brezos que juegan entre la rocalla, surcados por serpenteantes senderos. Y se asoman al estanque de aguas azules y reflejan el blanco de la cascada que con su rumor, mece las hierbas que crecen en la ribera. Y te sientas desde los múltiples balcones que se abren hacia el infinito, sobre la lámina de estaño pulido de Estany Tort de la Peguera que aparece, llenando la vista. Y en el medio, como en una península ideada tan solo por los versos de un cuento, Josep María Blanc, el refugio (2.318 m.), como una quimera en la orilla de la laguna Estigia.

Sábado 13 de Junio de 2015.

Los lugares donde habitamos raramente son reales, los vestimos con todas aquellas ilusiones y necesidades que nos creamos y pintamos sus paredes con iconos, de los cuales únicamente nosotros sabemos su significado. Quizás el Parnaso no sea el Torc de la Peguera (2.318 m.), y tan sólo sea el reflejo irreal de un anuncio de ropa de montaña. El calor de una chimenea, una ducha caliente o un plato de sopa… pueden proporcionarte la gloria, o tal vez no, ¿quién sabe?

El repique de un cucharilla, una tostada con mantequilla, el rescoldo apagado, sepultado bajo la ceniza, suenan a despedida. El silencio parece ampliar los ruidos de nuestra rutina que termina con el áspero recorrido de una cremallera.

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El día todavía anda destilando colores, contaminados por esa luz dorada, irreal, que hace difuminar los volúmenes en un plano bidimensional por el que deslizar los dedos. El camino desciende sin pausa, impenitente, ahondando en el corazón de una realidad irremediable, en la rutina de un horario y un calendario.

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Paso a paso, el paisaje retorna una y otra vez a las pupilas. Los canchos impertérritos se vuelven pinos y rododendros, para al momento, tornarse abetos y abedules que ahogan la luz del nuevo día en la penumbra de los seres mitológicos. ¡Oh, tu bella Pirene, que corres a despedirte a nuestro encuentro, en forma de joven corza entre las flores, y tras vergonzada, emprendes la huida, te dignas a volverte, para guardar de nuevo en la retina la imagen de estos dos montañeros, peregrinos…de este país, el país del águila de los bigotes!

Epílogo

El país del águila con bigotes

El águila que tenía bigotes –dijo, y el pequeño Marcos se quedó con los ojos abiertos como platos.

Su padre y aquel hombre acababan de llegar de no sabía dónde, cargados con sus grandes y pesadas mochilas que tintineaban a cada paso. Llevaban barba y la cara tostada por el sol. El hombre se agachó y le dijo:

-Marcos te hemos traído una cosa – Dijo abriendo la mano- una piña, pero no creas que es una piña cualquiera, es una piña de escamas de dragón.

El pequeño Marcos abrió todavía más los ojos y dudó antes de posar su pequeña mano sobre aquel mágico objeto. El hombre dejó su mochila, se secó el sudor con el dorso de la mano y se sentó pesadamente en la escalera, emitiendo un resoplido.

-¿Quieres que te cuente su historia? – Dijo por fin.

El niño dudó por un momento para después mover de arriba abajo la cabeza enérgicamente.

-Pues anda, siéntate aquí que te cuento la historia de tu piña.

El hombre tanteó en su bolsillo y sacó una pequeña libreta negra, que se sujetaba con una goma elástica, al abrirla…un mundo lleno de dibujos, de flores secas y de recortes de papel comenzó a penetrar por sus ojos, como la lluvia lo hace con la primavera.

– “En un país muy lejano – dijo el hombre- dónde habita la más bella de las mujeres, Pirene, mandó construir el gran Atlas, su padre, un palacio hecho de nieve y roca, y alzó hasta lo más alto sus torres y murallas, para que nadie pudiera arrebatarle a las más preciada de sus joyas, su hija. Y el gran gigante adornó las cumbres con los hielos y las nieves y pintó de ribetes verdes las laderas. Para que la joven princesa no se aburriera, le trajo rebecos y marmotas y corzos y osos que se escondieran entre la floresta. Y cubrió las ásperas rocas de alfombra verde y mullida, salpicada de flores olorosas.

La bella Pirene se sentía feliz en aquel palacio, pero pronto se aburrió de la conversación del rebeco y ya conocía todas las historias del sapo. Sabía todos los olores de las plantas y se cansaba de que las torres no le dejaran ver más allá.

Un buen día, un joven y apuesto cazador llamado Queralt, siguiendo el rastro de un venado se aventuró hasta el bosque de Pirene. La niebla le cerró poco a poco el paso y no supo encontrar el regreso. Bajo un viejo abeto dormitaba, bañado de luz de luna, cuando la joven le descubrió. Ella nunca había visto a nadie como él, con sus brazos fuertes y su pecho torneado, de largos y rizados cabellos que se confundían con el bigote y la mandíbula fuerte y poderosa.

La doncella recorrió los prados y tejió con sus propias manos una corona de flores blancas y le vistió la frente con ella. Cuando el nuevo día acarició con sus rayos la cara del hombre, la joven Pirene corrió a esconderse en la forma del abedul.

El apuesto muchacho al levantarse, encontró el extraño tocado y en vano buscó a su benefactora. Caminó por las cumbres errático en pos de una salida de aquel palacio hasta que dió con el rastro sobre la nieve, de las huellas de un gran oso.

Con paso ágil y corazón joven, Queralt no tardó en darle alcance y viéndolo de cerca, perdió el miedo, no podía volver a casa con las manos vacías, pensó. Y dando un grito se abalanzó sobre el oso empuñando tan solo su lanza de tejo. El animal sorprendido, se alzó sobre sus patas y se dejó caer para aplastarlo con sus grandes garras, pero el joven habilidoso, colocó de tal forma la lanza que le atravesó de parte a parte el pecho, librándose él entre las patas.

El oso dio un grito ensordecedor, un grito terrible, y el palacio que el viejo Atlas había construido a la joven Pirene, comenzó aa5 desmoronarse. Rodaron por las laderas enormes los peñascos que antaño elevaron las grandes torres y las gruesas murallas.

La doncella al ver lo sucedido, corrió en auxilio de su padre. Su joven amado, sin saberlo, había matado a Atlas, que convertido en oso la cuidaba. Él que tanto la había querido. Pirene enfurecida, derritió la nieve de las montañas y los ríos corrieron por sus laderas como las lágrimas por sus mejillas, y se remansaron en lagos, como se remansa el llanto. La muchacha se acercó a la orilla y alzó las manos. Del fondo del gran lago negro, de entre las aguas, emergió un gran dragón verde, enorme, colosal, que apenas si pudo remontar el vuelo, dejando los arañazos entre las rocas del collado.

La bestia corrió a buscar a Queralt, entre los peñascos y lagunas, en los bosques y cortados, hasta que por fin lo encontró, escondido bajo la piel del oso que había cobrado. El dragón embistió contra el joven muchacho, destrozando a su paso la ladera, él rodó por el suelo. Luego le escupió bocanadas de fuego, pero la dura piel del oso le protegía. Queralt tomó la garra del cadáver y la colocó firmemente en la punta mellada de su lanza de tejo y cuando el dragón acudió de nuevo, se alzó sobre sus piernas, tiró la piel al suelo y cara a cara, se enfrentó con el dragón.

La bestia llenó su boca de roja llama, tensó los músculos de sus patas y cayó en furibundo picado. El joven, paso atrás, lanzó su garra y la lanza llegó con fuerza a penetrar entre las escamas. El dragón herido de muerte, estalló en mil pedazos, dejando la ladera cubierta de escamas, escamas verdes de las que brotaron bosque de verdes pinos.

Queralt regresó a su aldea en el valle, vestido con la piel del oso y su lanza de tejo, coronado por Pirene como el rey del Pirineo.

La joven desconsolada, cuida muy mucho de sus montañas, tumba del viejo Atlas, y a veces, cuando el tedio la embarga, toma la forma de una joven corza o quizás una gama, para asomarse al valle, para hablar con las gentes de las montañas.”

El hombre había recorrido con sus dedos los dibujos, y allí estaba el corzo de la bella Pirene, y los lagos, los riscos del palacio y los jardines que el gran Atlas había trazado para su hija, y las escamas del dragón verde… las mismas que ahora, tenía el muchacho en la mano.

Volvió a abrirla y miró su piña largamente, luego miró de nuevo al hombre y le preguntó:

– ¿Y el águila de los bigotes?

El hombre cerró el cuaderno, se levantó de pesadamente, como si elevara de nuevo las montañas y rebuscó en aquella mochila inmensa y pesada. Lo hizo con paciencia y sonriendo, levantó la mirada y sacó, como si de un prestidigitador se tratara, una larga y oscura pluma.

La ondeó suavemente en el aire mientras decía:

– “El joven llegó a la aldea, y corrieron todos a reunirse junto a él, al ver la piel del oso. Pusieron fuego y asaron carne y tomaron vino. Bailaron y cantaron, y desde lo alto de una gran mesa de roble, relató su hazaña con el dragón. Burlándose, tomó la corona de flores y la arrojó a las llamas. Una espesa nube llenó toda la sala, había despreciado el regalo que a la bella Pirene, le había costado la vida de su viejo padre. Quiso el destino castigarlo convirtiéndolo en un ave, el águila de los bigotes, condenado eternamente a alimentarse de lo que los demás no quieren, los huesos.”

El hombre, rozó la nariz del muchacho con la pluma y luego se la tendió con una sonrisa cansada. Marcos tendió la mano y tomó con tiento la pluma. La pluma, la piña… pronto iría él también, pensó, a encontrarse con Pirene, en el país del águila con bigotes.

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