7 Picos, en Madrid había un dragón.

Durante la Edad Media, a esta famosa parte de la sierra de Guadarrama se la conocía como “Sierra del Dragón”; a día de hoy, paraíso de turistas y domingueros, poco nos recuerda a tan mitológico ser.

Aprovechando que entre semana no hay tanta gente, nos acercamos a subirla desde Navacerrada:

Se trata desde subir justo desde el puerto por los remolques de esquí hasta llegar al Alto del Telégrafo, en un repecho que nos lleva a la virgen de las nieves.

Solo hay que seguir los hitos evidentes, además de que hay multitud de senderos, producto de la masificación del lugar.

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Desde la virgen (que entre que sale la foto fea, ya está muy vista y además, ya hay bastantes imágenes religiosas en la sierra madrileña, así que pasamos de ponerla) empieza otro sendero que sube (no coger la desviación que nos lleva por el PR M-8 de la senda Herreros, que queda a la izquierda) y que nos llevará directas al séptimo pico, de nombre Somontano y el más alto de todos, con 2138 msnm, y que además es el único que tiene vértice geodésico:

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Desde arriba tenemos unas vistas preciosas de La Peñota, el Montón de Trigo, la cordada de la Mujer Muerta…

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Y por el otro lado Cuerda Larga, Peñalara, y más al fondo Somosierra y el Ayllón.

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Y por supuesto, tenemos el resto de los picos, hacia los que nos encaminamos por la pradera, subiendo algunos de ellos.

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Una vez en el segundo pico, y sin idea de llegar hasta Majalasna (el que está separado), tenemos la intención de bajar directos por la pradera y el collado Ventoso, en la ladera norte, pero equivocamos el camino y tras un tramo descolocadas llegamos a la senda Herreros que va por la cara sur.

Este sendero es más exigente que la primera opción que habíamos elegido porque es bastante rompepiernas y algo más largo, pero ganamos en belleza, sin duda:

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Y nos lleva, como el otro, a la desviación que pasamos a la ida y al descenso hasta el puerto de Navacerrada, donde acabamos la ruta de hoy tras una decena de kilómetros y unos 500 metros de desnivel.

 

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Gredos: La Covacha (2395 msnm); circular desde el Puerto de Umbrías.

DÍA 1

No conocía yo Gredos. Miento, había estado de pequeño en un campamento de fin de curso que me dejó buenos recuerdos, pero hacía ya tanto que todo estaba en sepia.

Así, nos encaminamos un viernes por la tarde hacia el puerto de Umbrías, en la carretera entre este pueblo y Nava del Barco. Dejamos el coche en el aparcamiento y desde allí empezamos a caminar siguiendo el sendero PR AV-36 hasta la laguna de Galín Gómez o del Barco, a 1800 metros de altitud. La idea es hacer noche allí y a la mañana siguiente subir a La Covacha.

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La senda es al comienzo una pista forestal que va ascendiendo poco a poco (en total se suben 440 metros de desnivel positivo en 11 kms., lo cual da una idea de lo sencillo del camino), dejándonos entrever la belleza del lugar, y teniendo a la derecha una vista panorámica de la zona de Aravalle.

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A pesar de lo corto del recorrido, nos encontramos tres refugios en buen estado. Aún así, alguna pintada  donde pienso desde luego que no es el lugar, pero por lo demás, magníficos los tres. 20150717_191534

No lo he comentado, pero al principio el sendero se comparte con el GR-293, del que al poco rato nos separamos en un cruce de caminos que no tiene pérdida:

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Nosotras vamos a ir ascendiendo hacia el prado Cardiel. Tenemos ganado vacuno por todos lados, y vamos debatiendo sobre el papel de las quemas (controladas o no, pues hay alguna zona incendiada no hace mucho tiempo, con helechos) en la pérdida de suelo, en la erosión, en la problemática que ello crea en esta zona con un valor ecológico tan alto.

El número de mariposas, de lagartos y lagartijas (y anfibios ya llegando a la laguna) y los buitres que nos sobrevuelan constantemente ayudan a mantener viva la conversación.

Mientras, el camino deja de ser una pista para ir convirtiéndose poco a poco en un sendero pedregoso.

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Vamos haciendo un poco de subeybaja, siempre cómodo a pesar del peso que llevamos, y llegamos a la majada de Anselmo, con el chozo del mismo nombre que sirve de refugio.Subimos la garganta rodeados de vacas, mientras vamos viendo el circo glaciar donde disfrutaremos la noche:

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Y de allí a la laguna solo nos queda un tramo corto, mientras nos deleitamos con las vistas.

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Digo deleitar por decir algo; la zona provoca mucho más que eso, además al brutal paisaje le acompaña un clima ideal, con nubes que después descargarían tormenta, y algo aún mejor: estuvimos solos todo el camino. Solos, sin ver a nadie.

Una vez en el refugio, cenamos, tomamos un vino que tuvimos la molestia de subir hasta aquí, y después de disfrutar del viento y de las primeras gotas de lluvia nos vamos a dormir, que el mañana prometía ser duro. Y vaya si lo fue.

DÍA 2 

Nos levantamos, y tras un frugal desayuno (mentira cochina), nos encaminamos hacia La Covacha, rodeando la laguna por la derecha. Hay un momento que deben aparecer unos hitos a nuestra izquierda (una vez pasado un valle que baja de las montañas), pero nosotras debimos de equivocar y coger los hitos que suben a La Azagaya o que se encaminan a otro lugar, ya que nos constó un rato situarnos.

Aún así, una vez en camino, vamos subiendo por el dificultoso pedrero de granito:20150718_102917

El día parecía que iba a darnos otra vez tormenta, aunque luego después abrió y nos pegó una solana de la buena.

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Como decimos, nos costó algo de trabajo encontrar los hitos, no sabemos si porque de por sí hay pocos o porque cayeron algunos por el viento.

Eso sí, una vez llegadas a la segunda laguna (laguna Cuadrada o Negra, a 2080 msnm), ya todo está más claro.

20150718_112507Aunque teníamos pensado atacar la cumbre de La Covacha desde la portilla del Juraco, al final los hitos nos llevan por el collado que deja la cumbre a nuestra izquierda. Como no tuvimos muy claro el ascenso, no queremos aquí daros unas explicaciones que os pudieran confundir.

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Como os decimos, llegamos a la cresta teniendo nuestro objetivo a la izquierda, mientras que a nuestra derecha (mirando dirección Cáceres) nos quedan los altos de El Poyo y La Azagaya. Estamos justo en el límite provincial, y solo nos queda encaminarnos a la cumbre:

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El descenso lo iniciamos por los hitos que nos llevarían a El Juraco (para haceros una idea, aquí una imagen de otra web que lo explica mejor)

Veíamos claro un descenso más directo a la laguna Negra, pero tenemos que dar la vuelta y seguir de nuevo los hitos, ya con un sol que empezaba a quemar. Tras algún accidente (ya os decimos que el descenso no es fácil, es bastante técnico, bajad con cuidado y además no saliros del sendero que marcan los hitos) y mucho rato bajando, llegamos de nuevo al refugio donde comemos.

Una vez allí, solo resta volver por el PR AV-36, aunque se hace pesado tanta pista al final.

Todo ello nos da un recorrido total de unos 30 kms. y un desnivel positivo los dos días de unos 1100 metros.

Aproximado eh?, que no somos de llevar GPS ni cosas de esas…aunque hoy quizás lo hubiéramos agradecido.

 

 

 

 

Ascensión a Peña Ubiña la Mayor desde casa Mieres

Siempre que puedo me escapo a las Asturias. Los motivos son varios, y nunca, nunca acabo decepcionado, al menos en el plano montañero.

En esta ocasión no iba a ser menos, y además, en este viaje nos animamos un buen número de personas, que, acompañados de ejemplares autóctonos, fuimos a realizar la típica subida a Peña Ubiña la Mayor desde casa Mieres.

En esta Ubiña se alcanza la mayor altitud (2417 msnm) de la Cordillera Cantábrica fuera de los Picos de Europa, y sus enormes y verdes praderías, además de sus vistas hacen que sea la montaña favorita de todas las que conozco.

Además, forma parte del Parque Natural de las Ubiñas- La Mesa, que encima es reserva de la Biosfera…¿os parece poco? Pues mirad, mirad.

Pues como digo, salimos un buen grupo desde Madrid en dirección a Asturies. Una vez pasado el Huerna, y tras una cerveza en Campumanes, subimos por el puerto de la Cubilla, hasta que pasado Tuiza nos aparece unas brañas donde vemos factible acampar (eso sí, con todo el cuidado de no dejar basura, de no utilizar jabones o pasta de dientes, intentando no pisar fuera de senda, de no hacer ruidos).

Y no solo eso, tenemos la suerte de conocer a Matutina y a Abilio, últimos pastores de la zona, con los que tenemos la suerte de charlar sobre el clima, sobre su trabajo y sobre la zona. Lástima que no tengamos nada más que un ratito para conversar antes de irnos a descansar pronto,eso sí con esta imagen.

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Al día, siguiente, nos levantamos con este día, y nos tienen preparada leche recién ordeñada. Todo esto da a pensar en como nos relacionamos en ciudad y como es en lo poco que que queda del mundo rural.

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Así pues, vamos hacia casa Mieres (hay que subir al puerto de la Cubilla o del Palo, a 1683 msnm) donde hemos quedado con el sector autóctono. Decidimos hacer la subida desde aquí por los diferentes niveles físicos de la gente. Es la ruta fácil, pero a la vez nos va a ofrecer un paisaje muy bonito.

Salimos pues desde Casa Mieres a la izquierda, pasando el embalse de Cantarilla por el camino habitual.

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Continuamos, si no recuerdo mal, por el valle María Delgado (cogiendo la senda de la derecha en vez de la de la izquierda, menos clara) hasta la vega de Candioches

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Nos acercamos a los Ollones, cuyo Estrecho hemos de pasar y que constituye la única dificultad en un sendero que de momento asciende suavemente.

En esta zona vemos una Parnassius apollo, mariposa en peligro de extinción:

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Y una vez pasada La Estruchura llegamos al valle de Retuerto, donde Ubiña la Mayor se nos aparece en toda su extensión, pero sin nieve, al contrario de la otra vez que la subí:

 

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A la izquierda tenemos ya Ubiña la Menor, y a la derecha comienza a aparecer Peña Cerreos:

 

20150704_113118Y ascendiendo ya el más pindio collado Ronzón para que algunas de nosotras queden en Peña la Carba descansando.

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Mientras el resto comienza el ascenso a la peña, que es empinado pero sencillo. Con seguir las marcas y con tener buenas piernas vale en este primer tramo. Luego en invierno esto ya es otra cosa.

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Tenemos unas vistas preciosas de Peña Cerreos y Ubiña la Menor, que nos quedamos con ganas de subir:

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Y comenzamos los tramos de trepada. Tampoco son difíciles, pero conviene estar atenta, ya que la caliza está desgastada en algún tramo y en otros hay piedra suelta.

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Hasta que llegamos a la cresta y ya solo se trata de seguir unos centenares de metros a la derecha hasta coronar.

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Y tenemos ante nosotras Los Fontanes, Peña Rueda, el Fariñentu, Peña Cerreos….eso de izquierda a derecha.

No saqué más fotos de la Babia o L.l.aciana, o de Somiedo, o de la Castilla que queda al Sur o de la Mesa, que se ve perfectamente desde donde dormimos.

 

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Después de esta ascensión bajamos rápido, pero con cuidado por el mismo camino y volvemos pronto hacia casa Mieres para disfrutar los productos de la tierrina (y de León, todo sea dicho) y buscar acomodo para descansar, ya que nos baja la niebla.

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Carros de foc, peripecias en el País del águila con bigotes.

Tenemos aquí la segunda colaboración externa a este blog. En este caso, el compañero de Natursierra nos narra su aventura en Carros de Foc. Carros de Fuego es una ruta circular de senderismo, de 56 km y casi 9.000 metros de desnivel acumulado (sumando el positivo y el negativo), que une los nueve refugios guardados del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Las altitudes de la ruta oscilan entre los 1.900 y los 2.800 metros.

La travesía fue creada oficialmente el año 1999, aunque la idea original surgió en 1987. En el verano de este último año algunos guardas de los refugios realizaron una ruta a pie entre los nueve refugios del Parque en menos de 24 horas, y uno de ellos bautizó esta travesía con el nombre de “Carros de Foc”.

Aunque no pudo realizar el recorrido entero, para eso están las montañas, para dar vueltas y revueltas, para aprender, para perderse, para cambiar el itinerario previsto. 

Aquí os dejo con su aventura, no contéis con que las fotos están ordenadas, seguid leyendo y disfrutad de las vistas…

El Camino de los Dioses

Peripecias en el País del águila con bigotes.

Miércoles 10 de junio de 2015.

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Todo camino iniciático comienza por la redención, por la asunción de la nueva situación del neófito y entonces sí, estás preparado para adentrarte en las fauces verdes de la floresta que te regurgitan para ser purificado por las aguas, que te hacen merecedor de emprender este camino de perfección y conocimiento. ¡Y vaya si nos llovió! La mañana amaneció fea, con nubarrones que se deshilachaban por su paso entre los picos que nos recibieron en el aparcamiento de Espot. El camino a orillas del Escrita se antojaba delicioso y misterioso, cada vez que el murmullo del agua quedaba en sordina por la oscuridad del abetal que poco a poco, como en un cuento de los hermanos Grimm, nos llevó a la casita del Bosque (refugio de Ernest Mallafré, 1.833 m.). Un anciano jovial, nos alertó de los peligros, de las normas y de los misterios de este camino que acabábamos de emprender, mientras mojábamos galletas María en un café con leche y de nuestra ropa, comenzaban a brotar nieblas mañaneras.

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A medida que el camino ascendía, el bosque retrocedía y solo parecía un espejismo reflejado en las brumosas aguas del Estany de Sant Maurici. Un poco más arriba una figura oscura, bajo un árbol, se dibujaba entre la sucesión de uno y otro lago, que apresados por las montañas guardaban en sus entrañas los recuerdos. La ascensión fue pesada, el aire frío no recordaba la fecha veraniega del calendario. El refugio de Amitges (2.366 m.) se mostró acogedor, con el leve crujir de la madera bajo los pies, y el dulce empañado de los vidrios de mis gafas y el olor a café, y a luz amarilla que iluminaba a los jóvenes que estaban tras el mostrador.

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A la salida, el Port de Ratera (2.594 m.) nos esperaba. La nieve no cedía al persistente diálogo del agua y nuestra figura se transformó en un acompañante más de nuestra marcha, pongamos que se llamaba Felipe, que emprendió con nosotros, el camino hacia el interior de uno mismo, hacia los vértigos de nuestras propias montañas.

Como un camino de baldosas blancas, el valle se vaciaba desde la altura hacia el Estanh Obago, en esa sucesión casi sincrética de tres peldaños, de tres estanques, tres viajeros que conducirían al final de nuestra jornada y tras pasar el muro del estany, al refugio de Colomer (2.138 m.), insignificante bajo la enorme mole de su circo.

Éste sería otra prueba, el frío y la humedad no se combaten con el calor de la chimenea, se han de combatir con el calor de la determinación, de reponerse al esfuerzo y de alzarse más allá de las cenizas, más allá de los propios miedos.

Jueves 11 de junio de 2015

A menudo las cosas más insignificantes de tu vida, pueden resultar deliciosamente maravillosas y aparecen cuando tienes realmente los ojos abiertos, y eso precisamente es un rayo de sol. La mañana amaneció exultantemente despejada, de un azul casi impúdico que invitaba a calzarse las botas y abandonar el refugio en el corazón rocoso de Pirene por un pequeño puentecillo destartalado, vencido por el peso de la nieve. El Port de Caldes (2.572 m.) no se muestra abiertamente, sino que se presenta poco a poco, desplegando su larga falda a la vuelta de cada pequeño collado, para finalmente abrirse ante ti con una panorámica sobrecogedora, que extiende ante tus ojos las cumbres como en un lienzo pintado, quiméricas, inalcanzables, insondables… pero tan luminosas que resultan hipnóticas.

Nuestro cicerone, pongamos que se llamaba Felipe, nos dejó en aquellas cimas, deberíamos caminar ahora libres hacia nuestro destino y éste parecía bucólico, entre divertidos regajos de aguas cristalinas, entre ranas bermejas y bellas flores que adornaban nuestro paso hasta el refugio de Ventosa i Calvell (2.215 m.). Hasta las simpáticas marmotas recién llegadas, como aquel que dice, del país vecino, parecían alegrase del nuevo día, soleándose entre los canchos.

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Pero como en todo buen cuento, los giros inesperados son constantes previsibles que te acechan, como nos acechaba la tormenta, tras adentrarnos por el ciclópeo dédalo de peñascos esculpidos por el viejo glacial. Unos riscos no serían ya excusa para no encaramarnos en busca de nuestro destino, un pequeño portillo blanqueado aún por el invierno, al final de la cabecera del valle que comienza con el Estany Negre, mal presagio. Son estos parajes trágicos, atormentados, dónde aparecen encalados por el sol los esqueletos retorcidos de los pinos, supervivientes a los embates de la ventisca y a la violencia de los aludes, los que te hacen ponerte en relación con la naturaleza que te rodea, lejos de nuestras ciudades diseñadas a escala de nuestros propios temores.

La ascensión al Collado de Contraix (2.749 m.) necesitó de sudor y crampones, para salvar el último de los ventisqueros que se precipitaba indolente hacia el vacío de la escollera, bajo el azote del viento y el granizo. Pero coronarlo, más que un consuelo, resultó ser todo lo contrario. Una densa niebla apenas dejaba ver una pequeña peana que se adentraba en una oscuridad blanca, indeterminada, que un soplo de viento terminó por desvelar en un nevero en forma de pala, que precipitaba violentamente hacia un lago de un azul turquesa, inquietante, el Estany de Contraix, orlado por pedrera de canchales rotos y quebrados.

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El descenso fue lento, penoso, adentrándonos en cada uno de los tres purgatorios de cada uno de estos valles, para que las aguas nos purificaran de nuevo en forma de torrencial tormenta. Poco a poco, se dibujaron los bosques en un lienzo a medio poner, entre girones de nubes y picos que adelantaba el rumor del río. Los pinos acercaron nuestros pasos hacia una chimenea que humeaba por encima de las copas oscuras y una luz amarilla que se extiende más allá de una ventana, para saludarte amiga. La puerta del refugio de Estany Llong (1.987 m.) crujió y un golpe de calor, pintó de tranquilidad nuestras caras.

Viernes 12 de Junio de 2015.

No eran siete, ni eran enanitos. Eran vascos y tenían su propia Blancanieves, aunque el más vasco de todos, era de Leganés. Pongamos que se llamaban Manolo, Fernan, Lauri, Tomás y Maitane y hablaban alegremente junto al fuego de una chimenea encendida, entorno a un vaso de vino. Eran filósofos disfrazados con mallas y pantalones térmicos, con la cara curtida y las manos ásperas y callosas de alzarse a los collados y los riscos. Contaron como se cuenta junto al fuego, los logros y las alegrías y los oscuros momentos, agrios, cuando pierdes la huella sobre el nevero y caes sin remedio, asiéndote al piolet como un náufrago a su cuaderna. Y cuando el rescoldo se empeña en sacar los últimos vapores a los calcetines y unos calzoncillos desgastados, aflora la nostalgia de los tiempos pasados, quizás de la juventud que lentamente se disuelve como el azucarillo en el té. Y casi sin querer, miramos al fondo de la taza, creemos ver de nuevo océanos en aquel pocillo de agua sucia, que deja ver el desconchón de la loza.

La mañana amaneció de nuevo exultante y el paseo se inclinó paso a paso, como pidiendo permiso en un jardín de rododendros en flor y pinos de hojas verdes. Un bosque por estrenar, recién lavado, perlado de rocío y flores frescas, listo para mancillarlo con el monótono tintineo de nuestros bastones. Y casi sin querer nuestra mirada se paseó por el balcón que se abre sobre Boi, para ascender por los tres peldaños, por los tres lagos… camino del collado, camino con nuestro destino, llegar a la Colladeta Dellui (2.577 m.).

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Pero bajo la sombra del Pico Dellui (2.802 m.) apareció él, majestuoso, dejándose deslizar por la brisa de la mañana, acicalado de arcilla el plumaje, el gran águila de los bigotes, el quebrantahuesos. E impertérrito, volvió a pasar sobre nuestras cabezas, como sorprendido que aquellos mortales, aquellos, ahora sí, siete enanitos, hubieran osado hollar aquél, su país, el país del águila de los bigotes, aquél que sólo los elegidos, aquellos que son capaces de ver más allá de dónde ven los demás, de vivir allí donde habitan los sueños, están invitados a morar.

Aquel viaje a ninguna parte, aquella carrera al altímetro y al cronómetro, por fin, había cobrado sentido para mí. Tomé una piña caída en el suelo, como emblema de mi encuentro, una piña de escamas de dragón, única como las miles, millones de ellas que cubren el suelo y la guardé en mi bolsillo. Me levanté de un brincó y dije:

– Ya estoy listo, ¿continuamos…?

(Continuará…)

Viernes 12 de Junio de 2015 (II Parte)

El valle que se abre al otro lado del collado de Dellui apareció inusualmente verde, de ese verde mullido que recuerda a las alfombras de lana y que acelera y alegra los pasos por las riberas de los Estanys l’Eixerola, Mariolo o Tort. Son numerosos también los muros de las represas que debemos cruzar, apoyados sobre un cable de acero o las más veces, sin nada. En estos riscos inanimados habitan graciosos los isard o rebecos, desafiantes a las más elementales normas de la gravedad. Se desenvuelven de acá para allá con gráciles piruetas que se antojan imposibles, enmascarados, rematados con aquellos cuernos curvos, ganchudos, nos miran desde las alturas con insolencia, casi con descaro.

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A la revuelta del camino caminamos por las viejas vías de las obras hasta la Portella (2.302 m.) donde el camino se retuerce para adentrarse de nuevo en el gris quebrado de la morrena y el hielo, humanizado por el refugio de Colomina (2.420 m.) que se descuelga prendido únicamente a esta tierra por ristras coloridas de banderolas de oración tibetanas (lungta).

Nunca pensé que unos nubarrones negros y unas cervezas, harían desistir tan fácilmente a un grupo de vascos, pero no hizo falta mucho más para que nuestra Blancanieves y sus cuatro hombretones nos abandonarán por la comodidad del refugio, y no es de reprochar, pues las vistas se me antojaban como un póster pintado de una agencia de viajes.

El miedo a nuevas tormentas y a los oscuros nubarrones, hicieron que pusiéramos los pies en marcha, bordeando la escollera del Estany de Colomina y Mar para perdernos por el minúsculo portillo del Pas del l’Ós (2.542 m.) que se abre a un desolador circo habitado por el Estany de Sanburó. El paso no es más consolador, como un mártir en un anfiteatro romano, te ves en la obligación de encaramarte a los riscos con las manos, trepar para tomar altura, esquivando los últimos neveros de la ladera, camino de la Collada de Capdella (2.668 m.).

Ahora sí, el circo de del Pic Mainera (2.910 m.) se abre sobrecogedor, imponente, reflejándose en el espejo del Estany Gelat que guarda nuestro descenso, lento, cadencioso, vigilado por las marmotas curiosas que nos salen al encuentro y las aguas ahora quietas, ahora bravías, que nos acompañan en nuestro camino. Lejos parecen ya los nubarrones que parecían colarse por el collado de la Peguera (2.845 m.) y poco a poco el canchal áspero se torna verde hierba, y el paso duro y agreste, en mullido y jovial. Poco queda ya para que entre los canchos aparezcan de nuevo los pinos y con ellos los rododendros y un poco más allá, los jardines del paraíso.

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Jardines de flores rosadas, amarillas y azules. Y maderas blanqueadas por el tiempo y gayubas y brezos que juegan entre la rocalla, surcados por serpenteantes senderos. Y se asoman al estanque de aguas azules y reflejan el blanco de la cascada que con su rumor, mece las hierbas que crecen en la ribera. Y te sientas desde los múltiples balcones que se abren hacia el infinito, sobre la lámina de estaño pulido de Estany Tort de la Peguera que aparece, llenando la vista. Y en el medio, como en una península ideada tan solo por los versos de un cuento, Josep María Blanc, el refugio (2.318 m.), como una quimera en la orilla de la laguna Estigia.

Sábado 13 de Junio de 2015.

Los lugares donde habitamos raramente son reales, los vestimos con todas aquellas ilusiones y necesidades que nos creamos y pintamos sus paredes con iconos, de los cuales únicamente nosotros sabemos su significado. Quizás el Parnaso no sea el Torc de la Peguera (2.318 m.), y tan sólo sea el reflejo irreal de un anuncio de ropa de montaña. El calor de una chimenea, una ducha caliente o un plato de sopa… pueden proporcionarte la gloria, o tal vez no, ¿quién sabe?

El repique de un cucharilla, una tostada con mantequilla, el rescoldo apagado, sepultado bajo la ceniza, suenan a despedida. El silencio parece ampliar los ruidos de nuestra rutina que termina con el áspero recorrido de una cremallera.

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El día todavía anda destilando colores, contaminados por esa luz dorada, irreal, que hace difuminar los volúmenes en un plano bidimensional por el que deslizar los dedos. El camino desciende sin pausa, impenitente, ahondando en el corazón de una realidad irremediable, en la rutina de un horario y un calendario.

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Paso a paso, el paisaje retorna una y otra vez a las pupilas. Los canchos impertérritos se vuelven pinos y rododendros, para al momento, tornarse abetos y abedules que ahogan la luz del nuevo día en la penumbra de los seres mitológicos. ¡Oh, tu bella Pirene, que corres a despedirte a nuestro encuentro, en forma de joven corza entre las flores, y tras vergonzada, emprendes la huida, te dignas a volverte, para guardar de nuevo en la retina la imagen de estos dos montañeros, peregrinos…de este país, el país del águila de los bigotes!

Epílogo

El país del águila con bigotes

El águila que tenía bigotes –dijo, y el pequeño Marcos se quedó con los ojos abiertos como platos.

Su padre y aquel hombre acababan de llegar de no sabía dónde, cargados con sus grandes y pesadas mochilas que tintineaban a cada paso. Llevaban barba y la cara tostada por el sol. El hombre se agachó y le dijo:

-Marcos te hemos traído una cosa – Dijo abriendo la mano- una piña, pero no creas que es una piña cualquiera, es una piña de escamas de dragón.

El pequeño Marcos abrió todavía más los ojos y dudó antes de posar su pequeña mano sobre aquel mágico objeto. El hombre dejó su mochila, se secó el sudor con el dorso de la mano y se sentó pesadamente en la escalera, emitiendo un resoplido.

-¿Quieres que te cuente su historia? – Dijo por fin.

El niño dudó por un momento para después mover de arriba abajo la cabeza enérgicamente.

-Pues anda, siéntate aquí que te cuento la historia de tu piña.

El hombre tanteó en su bolsillo y sacó una pequeña libreta negra, que se sujetaba con una goma elástica, al abrirla…un mundo lleno de dibujos, de flores secas y de recortes de papel comenzó a penetrar por sus ojos, como la lluvia lo hace con la primavera.

– “En un país muy lejano – dijo el hombre- dónde habita la más bella de las mujeres, Pirene, mandó construir el gran Atlas, su padre, un palacio hecho de nieve y roca, y alzó hasta lo más alto sus torres y murallas, para que nadie pudiera arrebatarle a las más preciada de sus joyas, su hija. Y el gran gigante adornó las cumbres con los hielos y las nieves y pintó de ribetes verdes las laderas. Para que la joven princesa no se aburriera, le trajo rebecos y marmotas y corzos y osos que se escondieran entre la floresta. Y cubrió las ásperas rocas de alfombra verde y mullida, salpicada de flores olorosas.

La bella Pirene se sentía feliz en aquel palacio, pero pronto se aburrió de la conversación del rebeco y ya conocía todas las historias del sapo. Sabía todos los olores de las plantas y se cansaba de que las torres no le dejaran ver más allá.

Un buen día, un joven y apuesto cazador llamado Queralt, siguiendo el rastro de un venado se aventuró hasta el bosque de Pirene. La niebla le cerró poco a poco el paso y no supo encontrar el regreso. Bajo un viejo abeto dormitaba, bañado de luz de luna, cuando la joven le descubrió. Ella nunca había visto a nadie como él, con sus brazos fuertes y su pecho torneado, de largos y rizados cabellos que se confundían con el bigote y la mandíbula fuerte y poderosa.

La doncella recorrió los prados y tejió con sus propias manos una corona de flores blancas y le vistió la frente con ella. Cuando el nuevo día acarició con sus rayos la cara del hombre, la joven Pirene corrió a esconderse en la forma del abedul.

El apuesto muchacho al levantarse, encontró el extraño tocado y en vano buscó a su benefactora. Caminó por las cumbres errático en pos de una salida de aquel palacio hasta que dió con el rastro sobre la nieve, de las huellas de un gran oso.

Con paso ágil y corazón joven, Queralt no tardó en darle alcance y viéndolo de cerca, perdió el miedo, no podía volver a casa con las manos vacías, pensó. Y dando un grito se abalanzó sobre el oso empuñando tan solo su lanza de tejo. El animal sorprendido, se alzó sobre sus patas y se dejó caer para aplastarlo con sus grandes garras, pero el joven habilidoso, colocó de tal forma la lanza que le atravesó de parte a parte el pecho, librándose él entre las patas.

El oso dio un grito ensordecedor, un grito terrible, y el palacio que el viejo Atlas había construido a la joven Pirene, comenzó aa5 desmoronarse. Rodaron por las laderas enormes los peñascos que antaño elevaron las grandes torres y las gruesas murallas.

La doncella al ver lo sucedido, corrió en auxilio de su padre. Su joven amado, sin saberlo, había matado a Atlas, que convertido en oso la cuidaba. Él que tanto la había querido. Pirene enfurecida, derritió la nieve de las montañas y los ríos corrieron por sus laderas como las lágrimas por sus mejillas, y se remansaron en lagos, como se remansa el llanto. La muchacha se acercó a la orilla y alzó las manos. Del fondo del gran lago negro, de entre las aguas, emergió un gran dragón verde, enorme, colosal, que apenas si pudo remontar el vuelo, dejando los arañazos entre las rocas del collado.

La bestia corrió a buscar a Queralt, entre los peñascos y lagunas, en los bosques y cortados, hasta que por fin lo encontró, escondido bajo la piel del oso que había cobrado. El dragón embistió contra el joven muchacho, destrozando a su paso la ladera, él rodó por el suelo. Luego le escupió bocanadas de fuego, pero la dura piel del oso le protegía. Queralt tomó la garra del cadáver y la colocó firmemente en la punta mellada de su lanza de tejo y cuando el dragón acudió de nuevo, se alzó sobre sus piernas, tiró la piel al suelo y cara a cara, se enfrentó con el dragón.

La bestia llenó su boca de roja llama, tensó los músculos de sus patas y cayó en furibundo picado. El joven, paso atrás, lanzó su garra y la lanza llegó con fuerza a penetrar entre las escamas. El dragón herido de muerte, estalló en mil pedazos, dejando la ladera cubierta de escamas, escamas verdes de las que brotaron bosque de verdes pinos.

Queralt regresó a su aldea en el valle, vestido con la piel del oso y su lanza de tejo, coronado por Pirene como el rey del Pirineo.

La joven desconsolada, cuida muy mucho de sus montañas, tumba del viejo Atlas, y a veces, cuando el tedio la embarga, toma la forma de una joven corza o quizás una gama, para asomarse al valle, para hablar con las gentes de las montañas.”

El hombre había recorrido con sus dedos los dibujos, y allí estaba el corzo de la bella Pirene, y los lagos, los riscos del palacio y los jardines que el gran Atlas había trazado para su hija, y las escamas del dragón verde… las mismas que ahora, tenía el muchacho en la mano.

Volvió a abrirla y miró su piña largamente, luego miró de nuevo al hombre y le preguntó:

– ¿Y el águila de los bigotes?

El hombre cerró el cuaderno, se levantó de pesadamente, como si elevara de nuevo las montañas y rebuscó en aquella mochila inmensa y pesada. Lo hizo con paciencia y sonriendo, levantó la mirada y sacó, como si de un prestidigitador se tratara, una larga y oscura pluma.

La ondeó suavemente en el aire mientras decía:

– “El joven llegó a la aldea, y corrieron todos a reunirse junto a él, al ver la piel del oso. Pusieron fuego y asaron carne y tomaron vino. Bailaron y cantaron, y desde lo alto de una gran mesa de roble, relató su hazaña con el dragón. Burlándose, tomó la corona de flores y la arrojó a las llamas. Una espesa nube llenó toda la sala, había despreciado el regalo que a la bella Pirene, le había costado la vida de su viejo padre. Quiso el destino castigarlo convirtiéndolo en un ave, el águila de los bigotes, condenado eternamente a alimentarse de lo que los demás no quieren, los huesos.”

El hombre, rozó la nariz del muchacho con la pluma y luego se la tendió con una sonrisa cansada. Marcos tendió la mano y tomó con tiento la pluma. La pluma, la piña… pronto iría él también, pensó, a encontrarse con Pirene, en el país del águila con bigotes.

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Fin de semana en el Rincón de Madrid. Día 2: Ascensión a Peña la Cabra

Después de una noche de profundo descanso en la posada de Puebla de la Sierra (y tan profundo, nos dormimos cuando aún quedaba sol), encaramos la segunda mañana con mucha más calma, ya que nos queda la última montaña de importancia para terminar a trozos la integral de la sierra del Rincón (a la espera del otoño para realizarla en un día).

En este caso iremos a la conquista de Peña la Cabra (1834 msnm), en una más que asequible ascensión desde el puerto de la Puebla, cuyas vistas, tanto de Guadarrama, Somosierra, los cercanos pueblos de Montejo, Prádena, Horcajuelo…

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Y del resto de la Sierra del Rincón, son impresionantes:

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Bajamos unos metros por la carretera hasta encontrar una pista forestal donde comienza nuestra ruta

20150627_114130Y vamos entre un feísimo pinar de repoblación por dicha pista hasta que en una curva de herradura muy marcada llegamos al primer pico del día, que queda a la derecha de la curva, Peña Cuervo (1659 msnm).

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No tiene mayor relevancia, pero nos permite unas bonitas vistas por lo que nos queda:

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A partir de ahí vamos siguiendo la pista hasta que esta acaba y comenzamos a seguir a través de hitos el sendero bien definido que nos lleva por la ladera de otra pequeña elevación

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Y que con algún llaneo y vadeando el cauce seco de un arroyo nos va acercando al roquedal de Peña la Cabra

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En vez de subir directamente lo hacemos por la cara oeste para darle algo de emoción, pues apenas llevamos una hora de caminata y la dificultad es nula.

Esta subida tiene algo de chicha porque hay que hacer alguna trepada entre las pizarreras y es bastante divertido, aunque muy fácil. Así, poco a poco vamos ascendiendo…

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Hasta coronar

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Las vistas, como no, impresionantes. A pesar de que las altitudes no son muy importantes, lo cerrada de esta sierra, la soledad, su alejamiento, el ver pueblos completamente rodeados de montañas es algo tan difícil de encontrar en Madrid, que sin duda volveremos de aquí a poquito.

Aquí tenemos toda la Sierra, desde la izquierda, el Porrejón, Tornera, Centenera… y desde arriba, observándonos durante un rato, teníamos un águila real planeando.

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Como tenemos que volver pronto al sur de Madrid, descendemos por la vía habitual de la cara norte por un sendero poco marcado.

Una vez abajo, solo queda seguir los hitos y el sendero hasta coger la pista que nos llevará al collado de la Tiesa, (donde hay una construcción de madera usada por los bomberos forestales) que queda a la derecha de nuestra visión respecto a la pista que utilizamos a la ida.

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De ahí seguimos hasta el cerro Portezuela, de 1747 metros de altura y en una zona ya con poco interés.

 

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Y ya solo queda seguir los hitos que nos llevarán al final de la pista por una zona con antenas…

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Y de vuelta al puerto de la Puebla, después de una tranquila pero bonita caminata de unos 8 kms. y un desnivel de aproximadamente 450 metros positivos.